Retazos en la penumbra

Cuando sus párpados se abrieron vio una luz reflejada en el suelo. Se encontraba acurrucado, en posición fetal, sobre una superficie dura y bien pulida. El destello solo era un reflejo; a su lado había una vela. Pasó la mano por la llama, como en un juego de niños. Después se frotó los ojos y miró a su alrededor. Todo estaba oscuro.

No percibió brisa alguna en la llama. Tampoco la sintió en la piel de su cara.

Miró sus manos, el vello oscuro de sus brazos y la manga corta que dejaba entrever su musculatura. Se palpó el torso y estiró un poco de la camiseta para leer las letras impresas en su pecho: «destello eléctrico». Recordaba aquella frase. Aquella broma.

Carraspeó y volvió a mirar a su alrededor. Había oscuridad.

—¿Hay alguien?

El golpe de su voz fue sordo, absorbido por aquella atmósfera negra, sin rastro de un eco o alguna otra pista para saber hacia dónde dirigirse. En cualquier caso, al formular la pregunta intuyó que no habría respuesta.

Se puso en pie y trató de desentumecer su cuerpo. Cogió la vela, miró en todas direcciones y escogió una cualquiera para emprender su marcha.

El suelo reflejaba la luz a su paso, como una luciérnaga atrapada al otro lado, empeñada en escoltarlo. Caminó.

Al cabo de un rato se descubrió a sí mismo concentrado en cómo iba pisando la sombra de su propio zapato. Si levantaba la vista al frente había oscuridad. Si apuntaba hacia los cielos había oscuridad. Por eso prefirió mirar su calzado, con una mancha oscura, que lo acompañaba en su travesía por aquella tiniebla sórdida. Recordaba esa mancha, de cuando el vino se derramó sobre sus pies.

De pronto se detuvo. No sentía ni frío ni calor.

Escogió otra dirección aleatoria y siguió caminando. Esa vez procuró mantener la vista al frente, pero pronto se mareó, así que volvió la vista hacia sus pies. Primero uno, después el otro; y así sucesivamente. El movimiento se volvió automático. Sintió que en cualquier momento la piernas le fallarían, rebelándose contra las órdenes de su cerebro. Para romper con la sensación, acarició las letras de su camiseta. «Destello eléctrico». Poco a poco, una sensación de congoja lo fue venciendo.

Cuando se hizo insoportable paró en seco y se puso una mano sobre el pecho. Pero la ansiedad no es algo que uno pueda arrancarse, por más que se presione con los dedos.

—Esto no tiene sentido —dijo en voz alta.

Liberó un suspiro. No logró deshacerse, sin embargo, de la sensación de tener una bola en la garganta. Tragó y tragó. Después desistió. Se sentó en el suelo, colocó la vela a un lado y miró a su alrededor. Tuvo la impresión de estar en el mismo punto que al principio. Ni rastro de brisa en la llama. Tampoco sobre su piel. No sentía frío ni calor. No había eco. Y sobre él: la oscuridad.

Con las piernas estiradas, observó sus pies y se preguntó cuánto tiempo llevaría esa mancha oscura en su zapato. Conservaba un tono rojizo. ¿Cuánto habría pasado desde que se derramó el vino en aquella fiesta?

De pronto asomó una sospecha. Se incorporó con el ceño fruncido y examinó la vela. Tal y como suponía, no se había consumido en lo más mínimo. Lo invadió la furia y, encarándose a la nada, gritó:

—¡Esto es una mierda!

Silencio. Silencio. La congoja lo invadió de nuevo. Después la angustia. Pasó la mano por sus mejillas para secar las lágrimas. Brotaron más. Se secó con el extremo de la camiseta, pero siguieron brotando, y finalmente dejó que trazaran su dibujo con libertad. Luego se tumbó en el suelo con los brazos extendidos y se dejó abrazar por la penumbra.

Con el transcurso del tiempo, los ojos se le secaron. Casi se había olvidado de parpadear. La sensación en el pecho se había atenuado, dejando un leve zumbido de incerteza.

Hasta que se oyó un gemido.

Hizo un amago de formular algo con la boca pero se lo pensó mejor. «Está cerca», pensó. Se quedó muy quieto, como el amante que finge estar dormido para evitar una conversación incómoda. «¿Será peligroso?». Al cabo de un rato, la idea sombría de que podría haber sido fruto de su imaginación, sumada a aquel abrazo oscuro, se tornó asfixiante. Lo invadía una intensa inquietud. ¿Sería esa su única oportunidad para romper con aquel silencio crudo?

—¿Hola? —se atrevió a preguntar.

Al principio solo hubo silencio, y al poco otro gemido, casi formando una palabra. Parecía de mujer.

Cogió la vela y se puso en pie, con una sensación que oscilaba entre el alivio por no estar solo y el estado de alarma. Dudó sobre hacia dónde dirigirse.

—¿Hay alguien? —insistió.

—Luuuz… —dijo la voz muy lentamente, como un susurro que ha perdido la dimensión musical del habla.

El miedo lo atenazaba con crueldad, pero intuyó que aquella débil voz no iba a encontrarlo, que él debía ir en su busca, y esa sospecha sombría era más desgarradora que cualquier otro peligro. Como cuando un padre está en camino para identificar el cadáver del que han dicho que es su hijo. «Tengo que hacerlo, antes de que la tiniebla me consuma», se conjuró.

Apuntó con la vela, algo dudoso, en la presunta dirección del sonido. La movió de un lado al otro, haciendo un barrido semicircular con el brazo delante de sí, para abarcar más espacio visual. Así caminó unos metros.

El cerco de luz dejó al descubierto unos pies descalzos, con la piel blanca y las uñas pintadas de rojo. Al lado había unos zapatos de tacón, apoyados uno encima del otro, produciendo una sensación de abandono.

Lentamente fue iluminando la figura femenina, envuelta en un vestido de noche. Cuando vio su cara le vino el recuerdo de una risa, la risa que precedió a la caída de aquella copa, justo al lado de sus zapatos.

La mujer parecía inerte, con los ojos y las manos entreabiertas, como si se hubiera congelado mientras esperaba que alguien fuera a colocarse en su abrazo. ¿Respiraba?

El hombre la tomó por la nuca con cuidado e iluminó el resquicio abierto de sus ojos. Ella emitió un gemido leve y cobró vida de forma sutil, abriendo un poco más los párpados. Tenía la visión nublada. Pasó la vela de un lado a otro, pero sus pupilas no reaccionaron.

—¿Eres tú? —preguntó ella.

Él la miró unos instantes.

—Sí, soy yo —contestó.

Observó su pelo lacio y su tez pálida. El vestido revelaba sus formas. Las uñas de las manos estaban pintadas a juego con las de los pies. A su lado había una vela apagada.

Muy lentamente, la mujer fue recuperando el dominio sobre sus movimientos, hasta lograr incorporarse. Giró la cabeza hacia el hombre y lo miró sin verlo. Él se estremeció, pero procuró ocultarlo. Le soltó lentamente la nuca y trató de escrutar el interior de sus retinas.

Entonces la mujer emitió un suspiro suave, en forma de sonrisa, y el hombre no pudo evitar recordar la copa al caer. Unos instantes después ella había sostenido sus manos sobre la boca, avergonzada al descubrir quién era el hombre sobre el que había cometido tal torpeza.

Ahora el color de su piel era distinto.

—Tengo que preguntártelo —dijo el hombre, mientras encendía la vela de ella con su propia llama. Se acomodó a su lado, preparándose para la respuesta—: ¿Hemos muerto?

Ella sonrió. Su expresión era apacible.

—No, claro que no.

Él se sonrojó.

—Entonces, ¿por qué se siente tan raro cuando te toco?

A continuación pasó el dedo por uno de sus hombros, al descubierto por el vestido.

—No lo sé —contestó ella con tranquilidad, extendiendo su mano para devolverle el gesto y tocar su torso con delicadeza—. Recuerdo esta camiseta. Te la regalé yo. Llevabas tres días delante de la pantalla, tecleando muy concentrado. «Destello eléctrico».

Se le escapó una risilla suave, y tras esa risilla se reveló un vestigio de humanidad. Entonces él pudo relajarse. Incluso se sorprendió a sí mismo sonriendo bajo el capricho de las neuronas espejo, al reconocer la curva de su sonrisa. Había echado de menos ese dibujo singular. ¿Pero por cuánto tiempo? Miró hacia la negrura espesa del techo.

—¿Cómo estás tan segura de que no estamos muertos?

—Por la promesa que me hiciste aquella noche, en la fiesta. La promesa que nos hiciste a todos.

El hombre se miró los zapatos.

—Pensé que estabas un poco loco —continuó—, pero después me di cuenta de que todos estaban impresionados, escuchándote durante la gala. Tus palabras eclipsaron a cientos de personas en aquel salón. Me sedujiste.

Esta vez su sonrisa adoptó unos ángulos diablescos. Él agachó la cabeza en un ademán de vergüenza, pero reparó en que ella no tenía forma de percibir el gesto. La miró unos instantes y pasó las yemas de los dedos sobre sus párpados, obligándola a cerrarlos con una caricia.

—Dime, ¿qué te ha pasado en los ojos?

La expresión de la mujer cambió.

—Debo de llevar aquí mucho tiempo, esperándote.

Se quedaron en silencio. Un largo silencio. No había prisa.

Los dos estaban recostados sobre el suelo. Él miraba los pies descalzos de la mujer, con la manicura perfecta. Se estaba acostumbrando a su presencia, a la tonalidad gris de su piel.

En algún momento indefinido, dentro de aquel escenario irracional, se escucharon unos gritos. Fue muy a lo lejos, pero ambos se sobresaltaron. El hombre se incorporó muy tenso. Aguzó el oído.

—¡Vamos!

La ayudó a levantarse. Tomaron los zapatos y una de las velas y caminaron; la otra se quedó en tierra. Ella iba descalza y lenta, entorpeciendo el avance de ambos. Al cabo de un rato, él se dio cuenta de que la mujer estaba ejerciendo presión en la dirección opuesta.

—¿Qué pasa? ¿No te das cuenta de que es una oportunidad de averiguar algo más sobre este lugar?

—No seas condescendiente conmigo —dijo con cierto enfado—. Tu excepcional intelecto no nos resta capacidad crítica a los demás. —Mantuvo la expresión unos segundos y después la relajó—. No es la primera vez que los oigo.

—¿Y por qué no quieres ir?

—Ya lo hice y… no creo que sean nada más que destellos eléctricos.

Entonces el hombre recordó el impacto de la camiseta que ella le había lanzado a la cara, cuando estaba ultimando los detalles del código frente al ordenador. «Destello eléctrico», le había dicho, mirando las letras. «Muy graciosa». Tras ello había vuelto a ensimismarse en sus algoritmos, observándola por el rabillo del ojo hasta que, con un aspaviento cómico, ella se marchó.

Pero en aquella penumbra ya no quedaba un ápice de humor.

—¿Por qué dices eso?

—Durante la conferencia dijiste que solo somos destellos eléctricos —continuó ella—. Por eso te bauticé así. Pero estar aquí… Todo este tiempo… Me ha hecho pensar que tal vez tuvieras razón.

El hombre acarició el pelo a la mujer.

—Hablaba de las neuronas. Todas estas que guardas aquí. —Le dio unos golpecitos suaves en el cuero cabelludo y continuó, hundiendo los dedos en su melena—. Cada pico de actividad se mide como un destello eléctrico de distinta intensidad. —Después extendió la mano y la dejó descansar sobre su cráneo—. Podríamos hacer un mapa de todas tus conexiones.

—Ya lo hiciste.

—Sí, eso creo. Recuerdo medir cada pico de actividad neuronal de forma simultánea. Pero no logro… ¿Por qué no puedo recordar más?

Ella adoptó una expresión triste.

—Yo no puedo saberlo, mi amor. —Lo miró con sus ojos nublados, como si aún capturasen algún ápice de luz—. No fui yo quien diseñó todo esto.

El hombre se colocó una mano sobre la frente y cerró los ojos, intentando concentrarse:

—¿Cómo terminó aquella historia?

Entonces hubo un cambio en la expresión sosegada de la mujer. No fue tristeza, ni tampoco miedo; solo una seriedad sórdida.

—A retazos.

No hacía ni frío ni calor. Ella estaba pálida y no sentía la brisa sobre su cabello. De vez en cuando volvían a oírse los gritos. Él decidió retomar la búsqueda. La tomó de las manos a modo de súplica y buscó en sus ojos nublados. La mujer cedió, con reticencia, y fueron en pos de aquel alarido desesperado.

Avanzaron y avanzaron, hasta que el hombre alcanzó a percibir una variación en la intensidad luminosa, y tiempo después, una luz. Apenas una luciérnaga, como la suya. Se apresuró, tirando de la mano de su amada.

Dos figuras se materializaron a lo lejos. El hombre se detuvo y la protegió con su brazo. Después continuó avanzando hacia la imagen muy lentamente. Se fijó cuidadosamente en la luz. Arriba, abajo; derecha, izquierda. No era más que un reflejo de su vela; y aquellas sombras, el reflejo de ellos mismos. Había una pared lisa y pulida como el suelo frente a ellos.

Pero los gritos seguían oyéndose, ahora a pleno volumen. Un hombre se hallaba del otro lado.

—¡Eeeh! —gritó él también.

Entonces cesaron. Dio unos golpes contra el muro. Era muy sólido. Se los devolvieron desde el otro lado. Después habló la voz masculina tras la superficie reflectante:

—¿Está realmente tan disociado el sustrato físico de la mente simulada? —Parecía haberse calmado y su tono semejaba el de un publicista.

Él recordó el salón lleno de invitados con ropa elegante, alguien le había hecho esa misma pregunta al finalizar su exposición. La ignoró.

—¿Por qué gritabas?

—No sé hacer mucho más.

—¿Qué quieres decir? ¿Por qué no?

—Es muy sencillo, en especial para ti: simular algunos aspectos del funcionamiento del cerebro no es sinónimo de imitar un cerebro o una mente real.

Otra frase del turno de preguntas tras su conferencia. El hombre se vio a sí mismo frente a la pantalla del ordenador. Algo se revolvió en su interior, y fruto de un orgullo técnico tuvo que replicar a aquella voz.

—Lo siento, pero no estoy de acuerdo. Una vez ejecutas la simulación, es tan real como tú y como yo.

La voz estalló en un estruendo de risas. Al hombre lo invadió una vasta conmoción y se quedó callado.

La voz lo volvió a buscar.

—Tiene gracia que digas eso. Desde luego que es tan real como tú y como yo. A estas alturas ya deberías saber que es imposible reducir la complejidad del cerebro a un proceso algorítmico.

—Estás repitiendo las jodidas frases de la conferencia. —Tragó saliva—. Aunque fuéramos una simulación, ¿por qué no íbamos a ser reales?

—Debe de haber límites. Límites biológicos. El entramado de esa red neuronal ha fallado en su expresión computacional. Solo quedan fragmentos.

La mujer puso la mano en el hombro de su amado:

—Te lo advertí. Solo es un destello. No me cae bien. Vámonos.

El hombre permanecía afligido, aguantaba la respiración. Ella le apretó suavemente el hombro. Entonces la voz los interrumpió.

—Cariño, ¿eres tú?

Un escalofrío recorrió la espina dorsal del hombre. Un relámpago de emoción cruzó también por el rostro de su amada, con la correspondiente huella posterior en forma de sombras.

—Te he reconocido —insistió la voz masculina.

El hombre gesticuló en demanda de silencio, con el dedo sobre los labios de la mujer, se quitó los zapatos manchados de vino y los dos se alejaron descalzos. Él tiraba de su mano. Ella lo seguía indecisa, con los ojos muy abiertos, como si pudiera escuchar a través de ellos.

La voz siguió inquiriendo y empezó a dar golpes sueltos en la pared, buscando la reacción de sus interlocutores. Para cuando se dio cuenta de su huida, la pareja ya estaba lejos. Volvió a entregarse a los gritos, reclamando la atención de la mujer. Con un ademán, el hombre insistió en apresurar la marcha.

Más tarde, cuando volvieron a encontrar el silencio, ella le preguntó:

—¿Y si nosotros tampoco somos más que destellos eléctricos aislados?

El hombre permanecía en silencio. Ella se abrazó a él e insistió:

—¿Y si somos personajes de un libro? Planos, que no pueden escapar a su destino, con una sensación de progreso falsa, mejor o peor simulada según la calidad del escritor.

—No sigas, por favor.

—Y tú, mi amor, eres ese escritor. Mi querido informático. Componiendo nuestro destino en tu lenguaje particular.

Se le heló la sangre. No pudo contener más sus pensamientos y masculló en voz alta:

—¿Qué será de nosotros?

—Trataremos de recordar —contestó ella, con media sonrisa pálida—. Siempre confié en tu talento como escritor, aunque pocos sean capaces de leer tu obra. Tan refinada, tan críptica. —Pasó la mano por el cabello del hombre—. Eso haremos: trataremos de recordar.

El hombre la tomó por la barbilla. El tacto continuaba siendo extraño. La miró y se estrelló contra la superficie de sus ojos nublados. «No, no podremos», pensó. «Solo somos este pedazo de código». Sin embargo dijo:

—Claro que sí, mi amor. Trataremos de recordar.

Ella suspiró con alivio. A continuación, él la cogió de la mano.

—Vamos, pongámonos en marcha.

Emprendieron el camino juntos. Él apagó su vela de un soplido y la lanzó como alimento a la oscuridad.

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