La voz de Bruma

Este relato pertenece a la antología de ciencia ficción Antes de Akasa Puspa, un universo creado por el escritor Juan Miguel Aguilera. Tuve el placer de participar en esta compilación de historias en 2015. En Amazon puede encontrarse el libro completo.

Nueve meses después de la destrucción de Bruma

El salvapantallas formaba una imagen tridimensional del planeta vecino, Bruma, flotando sobre la mesa de la celda que Ekan había abandonado momentos antes. Parecía estático, suspendido con sus franjas azules y grises, hasta que una explosión, como el nacimiento de una nueva estrella, cortó el hilo plateado que se adivinaba como la torre orbital. Era una estructura tan larga como tres veces el diámetro del globo, que al romperse propinó un latigazo al planeta del tal magnitud que su giro natural se aceleró, y una sobrecogedora detonación de polvo se expandió hacia el espacio exterior, arrastrando parte de la atmósfera de esa tierra; llevándose consigo la vida.

Aunque no se apreciara en la reproducción por una sencilla cuestión de escala, había una estación espacial adherida al contrapeso de la torre con forma de rueda giratoria, el mecanismo habitual para crear gravedad artificial. Hasta que se produjo la explosión, la estación se mantenía en órbita geoestacionaria, con el paisaje inmutable del planeta bajo sus pies. Sin embargo, tras el estallido, salió desprendida de su trayectoria y se adentró en el espacio con esa apariencia tranquila y silenciosa que esconde un peligro profundo. Desde entonces, las más de cinco mil personas que se hallaban en su interior vagaron erráticamente, a la deriva en un océano de vacío.

El salvapantallas se reinició y Bruma volvió a aparecer, elegante, momentos antes de su destrucción. La celda de Ekan estaba abierta. Y a lo lejos se oían risas. Risas hilarantes que recorrían las paredes frías del Templo de la Deducción. Una carcajada atronadora, masculina. Otra femenina, aguda y afilada. Una afluencia de risas que se filtraba por la puerta casi hermética de la sala de los Eruditos, cerca de la celda, y que dejaba un caos reverberante de un cariz un tanto siniestro.

Desde el interior de la sala daba la sensación de que el estruendo de risotadas iba a hacer vibrar la cristalera. A través de ella se veían las hojas del árbol milenario que abrazaba el Templo de la Deducción en su regazo, con unas raíces que se extendían como brazos protegiendo la edificación de piedra blanca, sólida. El sol anaranjado de Ekantuku se abría paso entre las ramas.

A pesar de que las risas cesaron, las hojas continuaron con su danza oscilante. Pero las paredes de los pasillos del templo se cubrieron de silencio, como si volvieran a enfriarse, hasta que una grabación de voz las acarició tenuemente. En la sala de los Eruditos todos escuchaban con atención:

–[…] pero si nos centramos en un sentimiento tal como la ambición, no hay forma, por sofisticada que sea, de que pueda describirse por medio de vuestros patrones matemáticos. Habéis acabado arbitrariamente con la subjetividad, con la intuición y, lo que es peor, ¡con el juicio! –decía la grabación de voz, con acento gutural.

El estallido de carcajadas se reanudó violentamente. Ekan notó un intenso dolor en la barriga, y por un segundo el vómito amenazó con visitar el exterior. Aquella sarta de incongruencias era fruto del desconocimiento de un grupo de obtusos en otra parte del cúmulo globular. Cuando la risa le impidió respirar, la imagen de Cala lo invadió momentáneamente. Su sonrisa. Y sintió que tal vez había superado un límite. No se trataba de un límite fisiológico, sino de otro bien distinto, aquel que atañe a los individuos de una misma especie. Al fin y al cabo las capacidades intelectuales eran las mismas, en Ekantuku o en aquel punto alejado del espacio. Otra cosa era que aquellos desconocedores no tuvieran acceso al conocimiento puro, a la verdad. Y precisamente por una cuestión humanitaria, emprenderían un viaje interestelar para llevarles sus enseñanzas. No. No podía llegar allí con la risa brotando de sus entrañas. Iba para ayudarlos; para guiar a los que serían su nueva familia. Se le revolvieron las tripas.

–Es suficiente –dijo el instructor, tras apagar la grabación. –Ya nos hemos divertido bastante. Pero recordad que ha sido a costa de la ignorancia de otros. A estas alturas comprendéis la verdadera necesidad de la misión. Vosotros sois los más jóvenes que han alcanzado el rango de eruditos, es cierto, pero no penséis que va a ser fácil. Primero superaréis los años de viaje interestelar; después tendréis que adaptaros a otro medio biológico; sentiréis cómo la gravedad os pesa y viviréis con ello para el resto de vuestras vidas. –Recorrió a los doce eruditos con la mirada, quienes permanecían erguidos e inmóviles, con las manos recogidas en la espalda.

El instructor se paseó por la habitación. La túnica azul celeste arrastraba algunas partículas del suelo y la humedad se adhería a su piel al atravesar el espacio. Ekan lo escuchaba, ahora con expresión imperturbable. Todavía le dolía el estómago, pero la sensación se había transformado en una mezcla de disgusto y miedo. Formuló una pregunta en su mente y la retuvo, hasta que otro erudito se atrevió a emitirla en voz alta:
–Instructor, cuando lleguemos a ese sistema, ¿nos internarán en un centro de adaptación al medio como nosotros hicimos con los supervivientes de Bruma?
–Sabéis que es el protocolo –contestó severamente. –La única forma de evitar un impacto biológico desastroso para cualquier planeta. Pero eso es lo de menos, solo serán unos días… Y en las mejores condiciones –tragó saliva.

Los eruditos se pusieron tensos. El traje azul claro de Ekan, adaptado a las formas de su cuerpo, se volvió opresivo. Sintió calor. Y después frío. El instructor adivinó la turbación de sus jóvenes discípulos, que entorpecía el ambiente. Tomó aire.

–Lo que le pasó a la iniciada brumana fue algo sin precedentes –continuó. –Un error de cálculo.
–Nosotros no cometemos errores de cálculo –dijo una joven.
El instructor sonrió.
–Veo que os he entrenado bien. Es una forma de hablar, erudita. –Retomó la seriedad.– Todos teníamos grandes expectativas con Ari. Pero ella no iba a formar parte de vuestra misión, así que lo sucedido no altera nuestro trabajo. Si os preocupa, hablaremos de la iniciada brumana durante otra sesión. Ahora centrémonos en lo esencial. Os hablaba de que no volveréis a ver las tres lunas de Ekantuku. Tampoco este sol anaranjado –señaló hacia la ventana, ovalada como un ojo gigante. Las hojas se veían relucientes, como bañadas con un pincel de luz. –En ese sistema planetario el sol es amarillo y cegador. Os costará más trabajo respirar y difícilmente os acostumbraréis a ese aire, sintiéndolo siempre insuficiente. Y yo os pregunto, ¿a cambio de qué?

–A cambio de la verdad –respondió otra de las eruditas.
–A cambio de que la verdad predomine –matizó él. –Nosotros poseemos la verdad y debemos transportarla. Pero esa es la respuesta fácil. ¿Podéis ser un poco más explícitos?
–Debemos librarles de las paradojas, instructor. Las paradojas han enloquecido a millones de personas, pero en realidad no existen como tal.
El hombre asintió, entrelazando los dedos, y buscó más intervenciones con la mirada mientras seguía arrastrando su túnica.
–Debemos enseñarles cómo funciona el continuo –dijo otro erudito–. Cómo se clasifican los infinitos y cuál es el tamaño de sus componentes.
–Tenéis razón en todo, pero eso forma parte de un estudio más avanzado. Recordad que ellos no tienen la verdad tan bien implementada. Debéis partir siempre de la esencia. Bajar al estadio más primordial, y es que la realidad…
–Es una estructura matemática –respondieron al unísono.
–Efectivamente. La realidad es matemática en sí misma. El espacio solo tiene propiedades matemáticas –continuó el instructor. –Existe una realidad física externa, independiente de nosotros, que está compuesta por entidades abstractas. Debéis insistir en este punto. En que debemos estar desprovistos de nuestro ‘equipaje’ humano. Nosotros tenemos palabras como ‘objeto’, ‘experimento’ o ‘partícula’. Pero estas entidades no tienen ‘equipaje’, no tienen propiedades excepto las relaciones entre ellas. Unas relaciones primarias, originales, de las que se deriva todo el funcionamiento del cosmos. Y nosotros hemos dado con ellas. Hay que hablarles de la fábrica de nuestra realidad física; hay que hablarles del Uno.

El instructor juntó las manos formando un triángulo para dar fin a la sesión.

–Instructor –dijo otro erudito apresuradamente –, ¿podemos llevarnos una copia de la grabación? Así… en fin, podremos analizarla mejor.
A todos los eruditos, excepto a Ekan, se les dibujó una sonrisa de diferente amplitud. El instructor los observó unos segundos, mientras tomaba una decisión.
–De acuerdo –dijo por fin, procurando permanecer imparcial y gesticulando para darle vía libre. –En el principio era el Uno.
–En el principio era el Uno –contestaron todos.

Ekan regresó a su celda de trabajo. La destrucción de Bruma seguía reproduciéndose a pequeña escala sobre su mesa. El hilo plateado que emergía del planeta parecía frágil, pero en realidad no lo era, Ekan lo sabía bien. Había ascendido varias veces por una torre orbital idéntica, la de su propio mundo; un ascensor espacial que le daba acceso a las inmediaciones de Ekantuku. Por él había llegado hasta la nave adoctrinadora, que había sido construida cuidadosamente a lo largo de una década, mientras orbitaba su planeta. Era la obra de ingeniería más atrevida de la civilización kantukiana, con la capacidad de albergar a más de dos mil personas y de emprender un viaje interestelar, donde la distancia entre dos estrellas suena tan remota como alcanzar las nubes con la punta de los dedos.

Un pitido corto redirigió los pensamientos del joven. Con un movimiento disuasorio el planeta Bruma se esfumó. Tenía un mensaje de Cala. Buscando la intimidad, Ekan miró hacia ambos lados de la habitación. Sin embargo, para su sorpresa, había una figura menuda en el suelo, gateando a tientas hacia la puerta.
–Oye, ¿qué haces tú aquí? –Dijo Ekan, descolocado.
La figura, ahora claramente con la forma de una niña, se levantó dando un brinco. Tenía la cabeza grande, como sus ojos, los labios pequeños y la barbilla afilada. Lo miró entornando los párpados.
–Esta celda de operaciones es privada –insistió él, irritado.
–Solo estaba jugando –contestó la niña, dejando entrever unos colmillos puntiagudos que le recordaron a Cala. Tras ello salió a toda prisa.

«¡Menuda intrusión!», pensó Ekan, recuperándose del susto. Cuando fue a activar su comunicador para informar de su queja, cayó en la cuenta de que la niña no llevaba el traje de escolar del Templo de la Deducción. «¿De quién será hija? », se preguntó con cierto enfado y desistiendo de dar parte. El chico se acercó a la puerta y la cerró para poder escuchar su mensaje. El enfado amainó. Y cuando oyó la voz de Cala, su ceño ya no estaba fruncido.

¿Así que te gustan mis colmillos? Vaya, eso sí que es una novedad. El primer juicio de valor que te oigo emitir. Vamos progresando. Vosotros los kantukianos tenéis siempre esa manía de la objetividad, ¿no? Pues yo soy una estudiosa del lenguaje y te digo que no existe tal cosa. Los habitantes de Ekantuku y los de Bruma verbalizamos el pensamiento de una forma bien distinta. Nosotros, por ejemplo, no dotamos a los objetos de género gramatical. Y tampoco tenemos la noción de pluralidad. Así que por esas dos simples cuestiones, tendrás que admitir que estamos mucho más cerca de la esencia de los conceptos. De la verdad. ¿A que sí?
En fin, estoy bromeando. Ya sé que tú eres el experto en esa descripción matemática de las cosas y en cómo funciona el procesamiento de información en el cerebro. Pero lo cierto aquí es que, más allá de mis intereses en investigación lingüística y filológica, me doy cuenta de que ya estoy completamente enganchada a tus mensajes. ¿Eres capaz de procesar eso? ¿Puedes describirlo matemáticamente? Me encantaría ver la ecuación. Me pregunto si tendrá una forma simple y elegante o compleja y extraordinaria.

La joven balanceaba su pelo, casi al ras de las orejas, mientras hablaba con un suave tono de sabelotodo que, por supuesto, era intencionado. La imagen no era perfecta, fruto de la tecnología de una civilización menos desarrollada o de las condiciones de deriva en las que se hallaba la estación espacial brumana. En cualquier caso se apreciaban sus rasgos exóticos, los ojos grandes y ligeramente rasgados y la sonrisa que dejaba entrever unos colmillos. Cala cambió la expresión atrevida y continuó con el mensaje con un deje de solemnidad:

Por cierto, no quiero ponerme melodramática, y menos después de mi confesión, pero en la estación espacial las cosas se están complicando un poco. La gente se empieza a poner nerviosa. No sé si podré mandarte mensajes con tanta frecuencia, las autoridades están iniciando un control absurdo. ¡Si aún nos quedan un montón de suministros! Y los que seguiremos produciendo y reciclando. Supongo que ver Bruma desde aquí no ayuda demasiado, la nube de polvo sigue envolviéndola tras todo este tiempo y es un testimonio de la pérdida.
Bueno, no te aburro más. Y recuerda pasarme los detalles de las variantes históricas que te pedí de la lengua kantukiana. En el principio era… el cero.

La grabación terminó con el corto sonido que revela el inicio de una risa, pero que no llega a consumarse. Cala había grabado ese mensaje hacía doce minutos, justo el tiempo necesario para atravesar la distancia interplanetaria, según la configuración de posiciones entre Ekantuku y la estación espacial brumana que había salido disparada erráticamente, pero sobreviviendo a la tragedia. Se la imaginó pulsando la opción de enviar, dudando unos instantes. «Enganchada a mis mensajes», pensó Ekan con lentitud. «No. Completamente enganchada a mis mensajes», rectificó. Una extraña sensación le invadió el pecho. Se parecía al miedo, pero sin el componente angustioso.

Diez meses después de la destrucción de Bruma

El Primer Orador se ajustó la túnica azul oscuro. Cerró los ojos unos instantes, generando expectación ante todos los integrantes del templo, que aguardaban sus palabras en el gran salón de techos altos y abovedados. Las paredes gruesas y blancas conservaban una atmósfera densa, fresca.

–En el principio era el Uno –dijo dando comienzo a la sesión. Tomó aire y abrió los ojos. –Gracias a las condiciones iniciales de nuestro universo estamos aquí. Decimos que más allá de nuestro horizonte cósmico otros universos, proyectados por el Uno, afloran. Posiblemente con distintas constantes, partículas y dimensionalidad, pero con idénticas ecuaciones fundamentales.

Una ráfaga de aire suave atravesó el salón. Ekan pensó en las partículas. Si el valor de la masa del protón no fuera el que es, él no estaría ahí. Nadie lo estaría. «Pero todo lo que puede ser, es», se dijo. Su cuerpo estaba calmado. Miró hacia el resto de los eruditos, que escuchaban de pie junto a él, con una posición privilegiada en la sala. De pronto, unos ojillos brillantes, que asomaban detrás de la última erudita, apuntaron directamente hacia él. Cuando volvió a mirar habían desaparecido.

–Sin embargo –continuaba el Primer Orador –, ésta es la forma en que nuestro cerebro cavila. Pero la realidad es que los universos no afloran, siempre estuvieron y siempre estarán ahí. –Hizo una pausa para otorgarle dramatismo a la frase. –El tiempo es una percepción lineal –extendió su mano hacia los oyentes–, que no existe fuera de los universos –expulsó puñados de aire hacia fuera –. Como un programa informático en el que las líneas de código se ejecutaran eternamente. –Sonrió mientras dibujaba unas rayas en la atmósfera –. A mis estudiantes les encanta esta analogía. Pero dentro de esas líneas, donde nosotros habitamos, tenemos la sensación de que se producen y progresan consecutivamente. Tenemos la ilusión del cambio y de la aleatoriedad.

El Primer Orador hizo una pausa, dejando que el complejo significado de sus palabras calase en los oyentes; personas de edades distintas, con diferentes niveles de conocimiento revelados por las gamas de azul de sus túnicas.

–El transcurso del tiempo es una ilusión –sentenció. –Y siguiendo esta línea de razonamiento el planeta Bruma siempre estará ahí. Con todos sus habitantes; con los habitantes de cualquier tiempo.

Ekan sintió frío. Un susurro se coló por su oído izquierdo: «y también su sufrimiento». Era una voz infantil. Se giró y vio cómo una personita se escurría detrás de él. Procuró mantener la postura firme, con el mentón alzado y rígido.

–Todos estamos afligidos por lo acontecido con la iniciada brumana que esperábamos. Ha llegado a mis oídos la inquietud de los más jóvenes. Es cierto, esa mente privilegiada era una conductora en potencia hacia el entendimiento y la naturaleza de la idealización. Pero no olvidéis que tenemos una potente herramienta en marcha, la nave de adoctrinamiento –señaló hacia arriba–. Gracias a ella nuestros misioneros serán capaces de encontrar otro candidato. El tiempo no es importante. Todo lo que puede ser, es. –Se detuvo. –En el principio era el Uno.

Como de costumbre, la celda de Ekan permanecía en silencio, con la iluminación anaranjada de las tardes y la luna más grande de Ekantuku asomando por la ventana ovalada. La mesa estaba despejada y el salvapantallas mostraba repetidamente la destrucción de Bruma. Sin embargo, había un elemento que alteraba el estado habitual de la habitación. Una niña de cabeza grande estaba sentada, tranquilamente, en su asiento. Miraba la animación pensativa, con los brazos cruzados, hasta que se percató de la presencia del joven.

–Un poco macabro, ¿no crees? –dijo ella entornando los ojos, que lo apuntaron como proyectiles.
–Un momento –dijo Ekan al reconocerla –. Ahora caigo. Te pillé merodeando en mi despacho aquella vez. –El enfado se apoderó de él progresivamente.
La niña, como si siempre hubiese trabajado allí, comenzó a toquetear el ordenador con habilidad. Parecía una operadora más de la nave adoctrinadora, pero de baja estatura, monitorizando algunas de sus funciones básicas desde la superficie de Ekantuku, en la celda de Ekan, a más de veintiséis mil kilómetros de distancia de la estructura que giraba alrededor del planeta.
–Necesito comprobar el estado de los suministros de la nave. Dame un segundo.
–Pero, ¿de qué hablas? – Gritó el joven.
–Cierra la puerta –ordenó ella, consciente de que el grito podía haber llamado la atención en las celdas contiguas.
Ekan notó como la furia y la impotencia enrojecieron sus mejillas. La niña se percató y levantó las cejas.
–Soy Ari. La iniciada brumana.

En un acto automático el joven cerró la puerta. Después se quedó quieto. Miró el suelo, confundido. Quiso decir algo pero no emitió ningún sonido. Tras ello volvió a levantar la vista, esta vez torciendo la boca y con una señal de exclamación impresa en sus cejas espesas.

–Tu último periodo de prácticas en la nave adoctrinadora empieza dentro de tres días –continuó ella, mirando hacia la pantalla –. ¿Ha habido algún retraso? –Su acento kantukiano era casi perfecto. Había algo raro, pero nadie aseguraría con facilidad que procedía de Bruma.
–Creo que por tu descaro, además del intrusismo, me merezco empezar yo con algunas preguntas.
–De acuerdo, me parece justo. Pero tenemos que ir a otra parte. Como supondrás, precisamente el Templo de la Deducción no es un lugar seguro para mi.
–Eso lo discutirás con los instructores. Después de que me cuentes qué es lo que está pasando aquí, debo informarles inmediatamente –dijo Ekan levantando la barbilla.
–Eso no va a suceder así –contestó ella conservando la calma. –¿De verdad vas a desperdiciar la oportunidad de interactuar tú solito con una mente privilegiada como la mía? ¿No es así como me ha descrito ese charlatán durante la oración?
La sonrisa torcida de Ari le confirió un aire de misterio que incrementó la curiosidad del joven. A pesar de su postura casi militar, Ekan se sintió inseguro. La iniciada brumana. «Respuestas», pensó.
–He venido por ti, Ekan. Expresamente por ti.

Por primera vez, desde que recibió el primer mensaje de Cala casi dos meses atrás, no supo qué hacer. La curiosidad estaba venciendo sobre su sentido del deber. En tres días subiría por el ascensor espacial para dar comienzo a su último periodo de prácticas en la nave adoctrinadora, y después de eso la misión real; se embarcaría en un viaje sin retorno. ¿A quién le haría daño si aceptaba un poco de información? Todos querrían haber conocido a la iniciada brumana, y la oportunidad estaba sentada en el asiento de su celda. Se decidió. Al parecer el contacto que mantenía con Cala no iba a ser su primer y único secreto, tal y como él creía unos minutos antes.

–Está bien, tú ganas –dijo Ekan. –Pero antes deja que recoja un mensaje.
–Ganamos los dos, créeme –contestó ella enseñando los colmillos.
Ekan acercó el dispositivo que rodeaba su muñeca al ordenador y guardó el mensaje.
–Es privado –aclaró el chico, carraspeando.
Ella levantó las cejas. A continuación, Ekan miró hacia las muñecas de la niña, llevaba tres dispositivos independientes.
–Soy una persona de recursos –dijo Ari, justificándose.

La niña caminaba delante de él dando unos extraños saltitos. Era ágil y sigilosa, moviéndose en una especie de danza exótica. La cabeza oscilaba arriba y abajo, y sus respiraciones eran cortas y seguidas. Estaba delgada, muy delgada. Y todos la creían muerta.

Durante el trayecto, Ekan no pudo mantener la boca cerrada. ¿Cómo podía estar viva? En teoría Ari murió en el centro para la adaptación al medio. Esa era la primera explicación que necesitaba. La más inmediata. Y la niña satisfizo su curiosidad.

Cuando descendieron por la torre orbital hasta Ekantuku, más de dos mil brumanos fueron puestos en cuarentena. A su amiga Lima, los trajes oscuros le daban miedo. Apenas podía ver los ojos de las personas que la empujaban hasta las salas de espera. Ari le cambió la pulsera de identificación y le prometió que así la tratarían con más cuidado. Pero la confusión y las dificultades de trato en las primeras tomas de contacto con los kantukianos impidió que así fuera. Estaban muy apretados, y los baños colapsados a todas horas. Ninguna de las dos niñas pudo dormir durante más de dos días. El agua sabía rara. Y el sonido que anunciaba la limpieza del siguiente grupo hacía daño en los oídos.

En algún momento, muy avanzada la noche, les tocó el turno. Se desnudaron junto a tres brumanos más. En la habitación había un cristal desde donde los observaban dos asistentes kantukianos, mientras daban inicio al proceso químico. Todo estaba calmado, silencioso. Se sentaron en el suelo, frío para sus nalgas descubiertas. Ari le dedicó una sonrisa torcida a su amiga, «ya casi está», le dijo. Pero entonces vio algo diferente en su cara, como una ligera deformación en sus rasgos. Una deformación que se fue acentuando. Sus labios se hincharon y cambiaron de color. Cuando Lima abrió exageradamente los ojos, pero sin enfocar ningún punto en concreto del habitáculo, Ari comprendió que su amiga se estaba ahogando.

Les gritó a los kantukianos y golpeó el cristal. Comenzó a expulsar vaho por la boca para escribir en el vidrio: «Ahogarse. Tubo». La habitación estaba completamente vacía. Todos ellos desnudos. No tenía ninguna herramienta para practicarle la traqueotomía. Uno de los asistentes le hizo una señal de espera y salió corriendo de su puesto. Ari enseñó los colmillos en un grito de furia. Volvió junto a su amiga. Pensó en hundir el dedo en su cuello, en mantener abierto un buen agujero. Pero la uña no conseguiría cortar la piel, y la presión aplastaría la tráquea. Pensó en arrancarse un colmillo y se dio puñetazos violentamente. No, aquello tampoco funcionaría. Sintió la sangre en sus labios. Un tercer hombre entró en la sala de asistentes con el anterior. Miró la escena y negó con la cabeza a sus compañeros. Estaba muy serio pero tranquilo. Nadie iba a ponerse el traje oscuro. Nadie iba a proporcionarles un tubo.

Después de los espasmos, Lima murió. Y su cuerpo estuvo en ese duro suelo durante una hora más, junto a ella, enfriándose progresivamente. Lima ya no parecía Lima. Las dimensiones de su cara, el color. Los labios. La pulsera con el nombre equivocado, escrito en lengua kantukiana, rodeaba su muñeca inerte. Ari se tocó el labio y se acercó una última vez al cristal. Con su propia sangre, y a la inversa para que pudieran leerlo, escribió: «Negligencia».

Ekan y Ari treparon por la raíz que sobresalía de la tierra de un árbol joven. «Por aquí es más corto», había dicho ella mientras escalaba ese metro de altura. Llegaron a un orificio en la base y entraron en él. Era una vivienda improvisada, en un espacio natural, dentro del árbol. Las condiciones eran precarias pero no parecía faltar de nada. Un hombre obeso interactuaba a gran velocidad con dos pantallas tridimensionales. Ekan se quedó sin habla, escrutando aquellas dimensiones grotescas.

–¿Qué pasa? ¿Nunca has visto a un gordo? –Espetó con un acento brumano marcado.– No es fácil adaptarse a vuestras malditas costumbres alimentarias –gruñó.
–Ven –dijo Ari, ignorando la escena y conduciéndolo a un rincón, donde parecía haber establecido su base de operaciones.

Ekan sorteó toda clase de artilugios con los pies.
–¿Cómo… cómo es posible? –Dijo bajando la voz, y señalando al hombre gordo con la cabeza.
–¡No estoy sordo, palurdo!
–En Bruma concebimos la comida como una forma más de expresión del arte –le explicó Ari –, no como algo meramente funcional. Aquí hemos encontrado nuevos sabores; intensos, singulares y muy variados. Permiten hacer unas composiciones realmente extraordinarias. Juco es un artista. En cualquier caso –bajó la voz –también sospecho que ha desarrollado una anomalía metabólica. Aunque aún no he tenido tiempo de estudiarla. Tengo un supercerebro pero no puedo dividirme por mitosis.
–¡También te oigo a ti, supercerebro de chorlito!

Ari se rió a pequeñas sacudidas y con un sonido sordo. Los colmillos le asomaron de nuevo. Dijo algo en lengua brumana, ambos miraron a Ekan, y su compañero de habitáculo también rió. Después la niña toqueteó su ordenador, tal como había hecho antes en la celda del joven erudito, y le mostró cómo estaba manipulando la información de la nave de adoctrinamiento a tiempo real.

Al principio Ekan estaba confundido. Poco a poco, al ver cómo las pequeñas manos de Ari se movían magistralmente seleccionando opciones y accediendo a programas de funcionalidades de la nave a los que ni siquiera él tenía autorización, se fue maravillando. Realmente era ella. Había llegado a Ekantuku hacía cinco meses en uno de los escasos trayectos espaciales entre los dos planetas habitados de ese sol, junto con otros dos mil brumanos más, por razones de diferente tipo: diplomáticas, comerciales o científicas. Y también por la razón más relevante para Ekantuku: una contribución decisiva para desentrañar la verdad, para dar un impulso único al conocimiento puro de las matemáticas. La razón era Ari.

Después de navegar un rato por espacios virtuales que, a su vez, conectaban con espacios palpables a veintiséis mil kilómetros de distancia, Ari suspiró y se recostó en la silla. No debía tener más de doce años. Su barbilla afilada y la frente reflejaban el destello de una luz azulada emitida por la pantalla. Sus ojos no parecían cansados, estaban atentos a cualquier estímulo visual, como procesando los cambios de ciertos parámetros que variaban numéricamente.

Cuando la niña empezó a hablar de la estación espacial rotatoria, que se había desprendido a su suerte tras el estallido que partió la torre orbital de Bruma, en Ekan brotó la desconfianza. Pero no acababa de juntar las piezas. Hablaba de la trayectoria que estaba siguiendo, por el momento fuera de peligro; hablaba de tiempos de viaje, desde Ekantuku costaría algo menos de nueve meses, habiendo calculado los cambios en las posiciones relativas; y al final habló de los recursos limitados de los brumanos que vivían en la estación. Al parecer tenían los meses contados.

–No sobrevivirán más de un año –dijo ella. –Están atrapados. Con la nave adoctrinadora… podemos recoger a la mitad y suministrarles los recursos necesarios al resto hasta que volvamos a por ellos. Ese es el plan.

Ekan acabó de conectar las piezas de información. En realidad, aunque no lo hubiera oído pronunciar en voz alta, cualquiera con un mínimo de formación podía llegar a la conclusión de que una estación espacial, que originalmente funcionaba pegada al contrapeso de un planeta, no subsistiría indefinidamente por sí sola. Las explicaciones de Ari sonaban lógicas, simples. Lo que no sonó tan lógico y simple fue la idea, expresada con descaro, de robar la nave adoctrinadora. Y menos lógico y simple aún, la intención de la niña de que Ekan formara parte de su meditado plan. El escepticismo se imprimió en la cara del joven. «De ninguna manera», es todo lo que le contestó, tras escucharla con seriedad y, por primera vez, con respeto. Se quedó callado, apretando un poco los labios, pero habiendo tomado la decisión, firme.

Sin embargo, la niña no cambió su expresión. Como si no lo hubiese escuchado, continuó con su tarea persuasoria, enseñándole el informe de las autoridades políticas en el que se contemplaba la posibilidad de utilizar la nave adoctrinadora para una misión de salvamento. Y se denegaba, disfrazando el argumento de tecnicismos vacíos que hacían alusión a la preparación de la nave. El gobierno de Ekantuku operaba al servicio de lo que ellos llamaban ‘el conocimiento puro’. Priorizaba la transferencia de su entendimiento y sabiduría; la difusión de sus enseñanzas. Una misión que les había llevado cerca de doce años de preparación.

En el documento también se sugería diseñar otra misión para rescatar a los últimos habitantes de Bruma, utilizando la nave en la que llegaron a Ekantuku la primera tanda de brumanos, dotándola de los suministros y recursos necesarios. Ekan siguió estas líneas con su dedo índice. A Ari le costó apenas dos minutos hacerle ver que no era viable, que el tiempo se les agotaría seis veces antes, si tenían en cuenta lo costoso que resultaría proveer a una nave de todo lo necesario para su partida. Además de ser una sugerencia fantasma que no se había contemplado con la formalidad apropiada. Insistió en que no se trataba solo de cinco mil personas, se trataba de una civilización completa; una cultura. Lo que quedaba de Bruma. Su lengua, las últimas obras de arte –que se exponían allí por una cuestión de seguridad–, y, por supuesto, las personas.

–Suponiendo que consiguieses llevar a cabo tu plan, ¿cómo piensas hacer que las autoridades kantukianas te consientan bajar a los brumanos rescatados por la torre orbital y luego volver a llevarte su nave a por el resto? Robo, alta traición y diez delitos más, tal vez veinte.
–Tenemos más de 17.3 meses para planear el chantaje. ¿Aún no confías en mi intelecto? –dijo ella dedicándole su sonrisa torcida. –Ellos querrán su nave de vuelta, piénsalo. Solo la tomaremos prestada y retrasaremos la misión que tenéis entre manos unos pocos años. Los devotos podéis esperar.
–No somos devotos –contestó él tajantemente. –La verdad no se explica por medio de disquisiciones religiosas. La verdad es un camino que vamos desentrañando a través de las ciencias exactas.
–En el principio era el Uno, ¿no? –dijo ella, quizá mostrando una ligera burla.
–El Uno no es un ser; es un número –contestó manteniendo la seriedad. –Y el principio no hace alusión al arranque del cosmos, sino a la derivación de todas las demás leyes, físicas y matemáticas, pero que al final son lo mismo.
–Veo que te has aprendido el manual a la perfección –dijo la niña. –Por cierto, un manual que está elaborado por las manos de ciertos individuos que están sujetos a su condición humana. Individuos que yerran.

Tras la última frase, Ekan se acordó de Cala. Del desliz que tuvo permitiendo ese contacto, al principio como un juego curioso y después como algo más que aún no sabía definir. Que no entraba dentro de su programa de preparación para la misión de transportar la verdad, y que había ocultado deliberadamente. Se sintió incómodo.

–Tienes que decidirte, Ekan. No les queda tiempo.
–El tiempo no es importante –contestó él mecánicamente. –La civilización brumana siempre ha sido, es y será. Siempre estará ahí. Además ya he tomado la decisión. La respuesta es no.

Ella se quedó pensativa, buscando su argumento.
–Si el tiempo no es importante, ¿qué importa retrasar la misión adoctrinadora unos años?
Ekan se quedó callado. De pronto, estaba dudando. La posibilidad de pasar más tiempo en Ekantuku lo sacudió como un flash de esperanza.
–¿Has oído hablar del tiempo propio? –siguió Ari, entornando los ojos. –Es el reloj interno que cada uno llevamos con nosotros. Ese tiempo siempre apunta hacia delante. Y los segundos transcurrirán a la velocidad habitual. Incesantemente. Hasta que mueras. Puedes viajar a otro sistema planetario, y en Ekantuku los días habrán transcurrido más rápido. La gente será un poco más vieja, pero tu percepción del ‘tic tac’ será la misma. Y durará lo que durará. Hasta el día de tu muerte. –Se detuvo unos instantes. –Hasta el día de la muerte de Cala.

A Ekan le dio un vuelco el corazón.
–¿Cómo sabes de la existencia de Cala?
–Pirateé tu ordenador el día que me encontraste en tu despacho –dijo levantando las cejas, con un ligero aire de inocencia. –Tuve que hacerlo manualmente y di con los mensajes por casualidad –se encogió de hombros.

Un conjunto desordenado de frases sueltas con voz femenina invadió su mente. Ekan pensó en fragmentos de mensajes; en su secreto. Habían pasado tres meses desde que comenzaron ese intercambio clandestino. La niña lo miraba, y sintió una invasión en su mente. Después se vio a sí mismo desnudo, frente a una observadora que no era bien recibida, que no tenía permiso. De la vergüenza pasó a la frustración, luego al enfado consigo mismo, y finalmente a la rabia hacia Ari, quien notó esa emoción contra sí.

–No lo hubiera hecho si no fuese estrictamente necesario –intentó excusarse la niña.
Él no contestó. No supo qué contestar. Tenía una expresión de disgusto. Se quedó ensimismado largo rato, notando las emociones como si fueran las notas de una canción maldita.

–Creo que este es un buen momento para irnos a dormir –dijo ella por fin, con preocupación. –Debes digerir toda esta información y tomar una decisión.
Ekan asintió con lentitud. Había oscurecido y estaba abatido.
–Puedes dormir conmigo –le señaló una cama hecha de hojas, con el espacio justo para los dos.
Sin mediar palabra se echó a un lado del lecho escondiendo la cara entre sus brazos para no dejar ver su rostro afligido. O tal vez para hundirse en sus pensamientos, haciendo desaparecer la caótica vivienda, a la niña entrometida y al hombre gordo y gruñón. En cualquier caso vació su mente con una oración. Y después saltó a un abismo topológico que contenía formas imposibles. La banda de Moëbius. La botella de Klein-Gordon. Sin darse cuenta, ya estaba soñando, buscando una salida inexistente en aquella pesadilla matemática. Al final se encontró con el Uno y le invadió la paz. Pero después éste empezó a disgregarse en cientos de fragmentos que contenían deducciones inconexas. Y al final del todo, las paradojas. Una pesadilla que conocía, una pesadilla recurrente.

A la mañana siguiente Ekan salió al exterior, se sentó en una raíz sobresaliente de la tierra y escuchó el mensaje de Cala. Ya habían transcurrido 14 horas desde que lo grabó.

Ekan, tendrás que perdonarme pero esta vez no puedo seguir con el optimismo habitual. Hoy no es un buen día. Ha habido disturbios en la estación espacial y nos han mandado a todos a nuestras celdas. Llevo unas cuantas horas encerrada, pensando en mandarte un mensaje agradable, que me libere mentalmente de este confinamiento. Pero no he encontrado la forma. Lo siento, estoy angustiada. Mañana será otro día.

Era la primera vez que la oía tan desanimada. Y estaba cabizbaja. Ekan sintió una punzada en el estómago. Tras unos minutos, Juco salió del árbol, alternando su peso entre una pierna y la otra, hasta que le tendió un cuenco con el desayuno. En su interior había una masa homogénea y espesa de un verde muy vivo, con unas bolitas oscuras que nadaban en ella.
–Por si te ayuda a pensar –dijo con su acusado acento.
Con la otra mano le ofreció un cuenco menudo, lleno de un líquido púrpura. Se quedó quieto unos segundos, y finalmente se sentó a su lado. Ekan tenía una actitud sombría.
–Me gusta hacer composiciones con los alimentos –empezó el hombre gordo. –El Uno no dice nada acerca de ello.
–En realidad sí –contestó él. –Por medio de las deducciones apropiadas podríamos llegar a describir todas esas sensaciones complejas. –Su interlocutor soltó un bufido.
–Tal vez. Pero estarás de acuerdo en que llevaría varias vidas de cálculos intrincados llegar a la descripción de un solo bocado. Y además, ¿de qué serviría? Es casi imposible describir el conjunto.
–El conjunto de todo lo que existe es el Uno.
–Sí, es posible. Pero no es el conjunto de darme un buen banquete con los amigos. Y yo tengo amigos en la estación espacial a los que invitar como comensales –siguió con aire de preocupación. –Es imposible matematizar todos esos pequeños placeres, por falta de tiempo y de importancia, por supuesto. Pero a mi me interesa vivirlos. –Lo miró fijamente. –¿Acaso a ti no?

‘Acaso’ era una palabra que titilaba en su mente. ¿Acaso alguien le había preguntado si quería emprender ese viaje a otro sistema planetario, sin retorno? ¿Si quería dejar atrás los árboles de Ekantuku, sus furiosos océanos y las tres lunas? ¿Acaso alguien le había preguntado si quería abandonar a Cala? No. Por supuesto que no. Nadie sabía de su existencia. Y aunque así fuera, lo considerarían irrelevante. Sintió otra punzada, esta vez en el pecho.

–¿Por qué Ari dejó que pensaran que estaba muerta en el Templo de la Deducción? –Se aventuró a preguntar. –Tal vez hubiera podido hacer algo desde allí, persuadiendo a los instructores. Cuando llegó a Ekantuku apenas habrían pasado cuatro meses desde la catástrofe. Y creo que es demasiado inteligente como para dejarse llevar por el trauma de la muerte de su amiga.
–Supongo que quería explorar el terreno… a su manera. Tal vez siempre albergó ciertas dudas sobre vuestra doctrina. Pero venir aquí era su pasaje hacia una vida mejor. Ella era una niña sin recursos ni perspectivas que se las arregló para encontrarse con uno de los misioneros de Ekantuku y llamar su atención, después de estudiar algunas de sus teorías minuciosamente. Luego los deslumbró a todos.
»Cuando salió del centro de adaptación al medio, se las ingenió para sobrevivir, como una sombra escurridiza. Fue Ari quien dio conmigo. Yo mismo fui uno de los operadores de la nave que nos trajo. Pero no podemos hacer el trabajo nosotros solos. Sabemos que el código de activación para poner la nave en marcha no consta por escrito en ninguna parte, excepto en las mentes de algunos de los eruditos. Lo memorizasteis.
Al cabo de un rato, en el que Ekan se había limitado a hacer dibujos en la tierra con su calzado, Juco le dio una última pieza de información que lo dejó sin aliento.
–El estallido de la torre orbital de Bruma no fue un accidente como muchos especuláis. Os han hecho creer que explotó una carga nuclear que subían para hacer pruebas en el espacio, pero no fue así. No somos tan… negligentes –dijo enfatizando la última palabra, con el ceño fruncido. –Fue un atentado perpetrado por tres misioneros que se desplazaron a Bruma. Tres de los vuestros. Intercepté el comunicado y tengo registros de las conversaciones entre algunos de los instructores, seguro que reconoces sus voces. Tu gente condena internamente lo sucedido, pero lo oculta, ni por asomo permitirán que salga a la luz el hecho de que algunos de sus adeptos han sido los responsables de la masacre.

Ekan se quedó estupefacto. «¿Un atentado? », se preguntó. En ningún momento se lo había planteado. Ni él ni el resto de los eruditos. Siempre lo achacaron a los métodos rudimentarios de la civilización brumana, algo que daban todos por hecho. Por supuesto escucharía el comunicado más tarde, aunque no desconfiaba de lo que había dicho Juco. Otras veces la locura se había apoderado de algunos instruidos, era una cuestión estadística. Además, ahora que lo pensaba tampoco tenía pruebas fehacientes de que los brumanos se encontraran en una posición inferior a los kantukianos. Empezó a desconfiar de sus iguales.

El hombre gordo se marchó y Ekan probó la comida. Los sabores inundaron su lengua, el paladar y el inicio de la garganta. Se sorprendió. ¿Cómo había logrado Juco elaborar esa composición tan sublime y delicada con sus rollizos dedos? Las matemáticas podían explicarlo todo, pero él, Ekan, un simple humano con su tiempo propio, se estaba perdiendo muchas sensaciones. Un individuo insignificante para el cosmos, pero significante para si mismo. Y para una civilización de cinco mil personas. Tic tac. Recordó la voz de Cala diciendo «estoy angustiada». Tic tac. Se concentró en el sabor de su boca. Tic tac. La imagen de la joven. Tic tac. Un sorbo del mejunje. Tic tac. Tic tac. Tic tac.
«Voy a sacarte de ahí, Cala. Te quiero».

Un año después de la destrucción de Bruma

Desde la antigüedad hemos intentado comprender porqué nuestro mundo físico puede ser descrito con tanta precisión por la matemática –decía la grabación de voz del instructor de Ekan y del resto de los eruditos. –Algunas entidades físicas como el espacio vacío, las partículas elementales y la función de onda pueden describirse de una manera puramente matemática, en el sentido de que sus propiedades intrínsecas son propiedades matemáticas. Nuestro mundo físico no solo viene descrito por las matemáticas, sino que es matemático en sí mismo, convirtiéndonos en partes autoconscientes de un objeto matemático gigante.
La fábrica de nuestra realidad física contiene muchísimos números puros…

La voz cesó. Silencio. Silencio. Al parecer uno de los brumanos que se habían infiltrado con Ekan y Ari en la nave adoctrinadora había logrado neutralizar las comunicaciones que lo avasallaban desde Ekantuku. Habían aplacado lo insoportable de su discurso, que se había prolongado y repetido durante cincuenta y dos días. De alguna forma, los kantukianos habían conseguido piratear el sistema para que los discursos los acompañaran incansablemente. Ekan se imaginaba a cientos de personas trabajando en ello tanto en el Templo de la Deducción, con los instructores turnándose para hablar uno detrás de otro; como en la división de ingeniería aeroespacial del gobierno, para asegurarse de perpetrar la tortura auditiva. A cientos de personas invirtiendo su esfuerzo y dedicación en él. En que recuperara el juicio.

Todas aquellas palabras lo habían torturado sin descanso, día tras día, tarde tras tarde, incluso cuando dormía. Se habían infiltrado en sus sueños para corromperlos y reconducirlos a su antojo. Pero por fin llegó el silencio. ¿Cómo lo habrían conseguido? El joven fue en busca de detalles.

Cuando se acercó a la sala que se había apropiado Ari, la niña tenía los oídos tapados y hablaba hacia una pantalla, de espaldas a él. Probablemente no se había percatado aún de la victoria y utilizaba un mecanismo para neutralizar el sonido. Ekan se acercó con la intención de tocarle el hombro, cuando la oyó decir:

–[…] Así que cuando me veas en la estación espacial, no podrás echarte a correr y esconderte si no te gustan mis colmillos vistos al natural, porque te encontraré. Recuerda que es un espacio cerrado. Y me la conozco mucho mejor que tú. Ya falta menos, Ekan. Y en el principio no era el Uno. En el principio eras tú. O yo. Nuestro principio.

Ari se destapó los oídos. Una sombra detrás de ella, completamente paralizada, le hizo dar un respingo y emitir un gritito. Se giró para mirar directamente la cara de Ekan.

–Tu voz… No es posible –balbuceó. –¡Qué estúpido! –Gritó. –Solo hay que utilizar un programa simple de corrección sonora.

La niña adoptó una postura de alerta, tensa, a punto para salir corriendo.

–Cala no existe –continuó él. –Siempre has sido tú. ¡Tú!

En un movimiento rápido, Ari emprendió la huida y el chico intentó cogerla del brazo, pero se le escurrió. Se encerró en la pequeña habitación adyacente, donde tenía su cama, y esperó a que los golpes y los gritos de Ekan se apaciguaran.

–Tuve que hacerlo, Ekan. Te necesitábamos. –Esta vez su voz era un hilillo indefenso.

El chico no contestó. Estuvieron callados durante largo rato. Minutos. Media hora. Hasta que la niña volvió a intentarlo:

–Si te sirve de consuelo, en realidad sí que hay una chica llamada Cala en la estación espacial –dijo desde detrás de la puerta. –Estudia lenguas brumanas y kantukianas. Y la imagen que conoces se corresponde con la de ella –balbuceó–. Si quieres te la puedo presentar. –Silencio. –O si no, también puedes esperar unos años… Al fin y al cabo la chica de los mensajes… era yo.

***

La joven apareció en la pantalla. Tenía una actitud tímida, agachaba ligeramente la cabeza y miraba al frente de vez en cuando.

–Hola, Ekan. Me llamo Cala. Estudio lenguas brumanas y kantukianas, aunque creo que las segundas no se me dan demasiado bien. Me han contado lo sucedido, y bueno… he decidido intercambiar unos mensajes de ánimo contigo. Tenemos mucho que agradecerte.

Lo de las lenguas era cierto. Su voz sonaba diferente, dulce. El acento más acusado de lo que habría esperado, pero inspiraba simpatía. A esas alturas del viaje, los mensajes solo tardaban cinco minutos en llegar. Volvió a escucharlo un par de veces, y finalmente se decidió a pulsar la opción de respuesta.

Mientras tanto, en el sector de comunicaciones de la nave, Juco y Ari discutían con el consejo de la estación espacial brumana sobre los posibles asteroides susceptibles de ser colonizados en las cercanías de ese segmento del cúmulo globular. Una vez se hubieran acoplado a la estación y corregido la órbita, que a la larga supondría un peligro implacable, se dirigirían hacia un nuevo comienzo. No era la primera vez que una civilización partía en busca de nuevos hábitats, y si encontraban las condiciones propicias, con los años levantarían un pequeño imperio.

Cuando cortaron la comunicación Juco preguntó a Ari:
–¿Aún cree que vamos a regresar a Ekantuku? –Refiriéndose a Ekan. –Se le puede escapar algo a esa chica, a la Cala original, me refiero.
–Yo soy la Cala original –contestó ella bruscamente. –Y sí, aún piensa que vamos a volver a ese planeta infestado de perturbados.

Ari emitió un breve gruñido y continuó interactuando con el ordenador a la búsqueda de un lugar accesible y fértil para el nacimiento de una nueva civilización. Tenía el ceño fruncido.

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