La sombra del vacío (3/4)

Este es mi primer experimento narrativo, escrito en 2012 con la finalidad de demostrar el potencial de la ficción para comunicar ciencia. La historia trata de un adolescente de último curso de instituto que intenta comprender el concepto del vacío. Para ello conversa con diferentes personajes estrambóticos que lo harán reflexionar abordando la incógnita de forma interdisciplinar; desde los puntos de vista de la física, la filosofía y las matemáticas.

Capítulo III

La luz que atravesaba el cristal blanquecino revelaba la sombra de una figura humana desde el pasillo. Alguien debía estar dentro, definitivamente. Alain volvió a llamar, esta vez con más determinación. La sombra dio un respingo y un sonido con información indescifrable emergió del interior. Tras un par de segundos, el chico se decidió y abrió la puerta.

Un hombre de cabello blanco hasta los hombros, y con una barba de palmo y medio, estaba recostado en su sillón reclinable, tras el escritorio. Movió la cabeza con desorientación, como buscando a aquel que acababa de interrumpir su apacible siesta. –Ah, sí… adelante, adelante. Siéntate.

La habitación tenía aspecto caótico, con libros y carpetas rebosantes de hojas, formando pequeñas torres en el suelo por falta de espacio en las estanterías. –Vienes por la revisión del examen, ¿cierto?

De cerca, Alain se percató de que la movilidad de sus dos ojos era ligeramente distinta entre sí. No era fácil de detectar, y no se hubiera dado cuenta si no fuera porque conocía otro caso, el de un amigo suyo que perdió el ojo tras un fuerte golpe en la infancia. Sin embargo, lo que no sabía determinar era cuál de los dos era el bueno.
–Una auténtica obra de ingeniería, ¿verdad? –dijo Agustín Romanero señalándose el ojo derecho con un bolígrafo, «tap, tap, tap». Una sonrisa amplia, plagada de arrugas perfectas, tiraba de sus mejillas, más allá de la barba. –Y dime, ¿tu nombre era…? – continuó, acercando para sí una montaña de hojas garabateadas y colocadas de cualquier manera.
–Mi nombre es Alain. Pero no vengo por el examen.

Un smartphone con una pantalla enorme despidió una melodía digna de duendecillos de bosque. El hombre consultó el aparato, palpándolo con fluidez y celeridad.

–¡Hay que renovarse, chico! ¡Me encanta vivir en el futuro!
El filósofo señaló el smartphone y después rebuscó en un cajón del escritorio.

–No eres alumno mío, entonces. –Continuó rebuscando. –En media hora exacta empiezan mis vacaciones.

Alain pensó que lo volverían a echar por segunda vez en el día de un despacho universitario. Pero el profesor sonrió ampliamente de nuevo, al sacar una botellita pequeña, como las de los aviones, de whisky de malta y dos vasos de chupito.
–Se lo agradezco pero no bebo alcohol.

–Vamos, vamos, es mejor celebrar en compañía. Dices que no eres mi alumno, considéralo un trueque por mi tiempo. No hay que ser tan serios, démosle una alegría al cuerpo.

Alain tomó el reducido vaso y dio un sorbo. Tosió y su cara se deshizo en una mueca de repelús. No lo esperaba tan fuerte. Dejó el resto encima de la mesa, apartándolo de sí. El hombre se pimpló el contenido de su vaso de un tirón, y luego vertió las gotas restantes de la botellita directamente en su lengua. Resopló con satisfacción y entrecruzó las manos dispuesto a escuchar al chaval que tenía delante. –Vengo por una cuestión –tosió –de vital importancia. Esta mañana he tenido una

reunión con el profesor Calixto Tenorio.
–¡Ah! ¡Qué infortunio!
–Le aseguro que sí lo ha sido. Estoy aún más confundido que al principio.
–Bueno, eso no es necesariamente algo negativo. Galileo escribió “yo puedo ponerme por testigo a mi mismo de que cuanto más se avanza más confuso estoy”. Aunque tratándose de ese desdichado… Y por favor –siguió, observándole fijamente con su ojo derecho-, no me llames de usted. Durante un intercambio de ideas, no es de buen gusto que hayan jerarquías.
–Está bien, gracias. –Sintió un poco de alivio. Tomó aire y comenzó: –el caso es que hace poco alguien me dijo que el vacío, en realidad, no está vacío. La idea me perturbó mucho. –Y agachó su cabeza despeinada. –Después encontré una entrevista en el periódico que lo repetía. Y fue cuando decidí ir a visitar al profesor Tenorio. Bueno, más que visitarlo… me infiltré en su clase, lo admito.

El filósofo lo escuchaba con gran diversión. De hecho, hasta su ojo artificial parecía divertirse, mostrando un brillo oscilante.
–El asunto no salió nada bien –continuó el joven, algo abatido. –Pero aún así lo esperé en su despacho y conseguí que me atendiera. Y ahí fue cuando, tras una serie de explicaciones de lo más sorprendentes, acabó por expulsarme de su territorio, como el mismo lo llamó, alegando que había mucho vacío en mi cabeza. ¿Por qué? Porque sencillamente no fui, ni soy –matizó–, capaz de comprender que algo no pueda llegar a estar vacío. A pesar de esas partículas fantasma, ¡algo podrá hacerse para vaciarlo! – exclamó, alterado y acalorado.

El hombre sonreía, con los labios y con las arrugas, y se mesaba la barba con la mano, mientras saltaba a la vista que en lo profundo de su ser se estaba llevando a cabo un complicado proceso cognitivo.
–Además –siguió aventurándose Alain–, ¿cómo si no podría darse el movimiento?

Agustín Romanero tomó el whisky abandonado por el chico y en un movimiento propio de velociráptor lo hizo desaparecer. Suspiró otra vez con satisfacción.
–Lo que le pasa a ese Calixto es que padece un caso agudo de Horroris Vacui, ¡ya lo creo! –Y rió. Luego aclaró, percatándose de la confusión del joven: –¡Horror al vacío!
Y siguió con su proceso cognitivo, mientras daba vueltas a la botellita vacía de whisky y despegaba su etiqueta.

–El problema del movimiento, sí –dijo el filósofo al cabo de un rato. –Hmm… Creo que estás en un estado de extrema confusión. Es un tema muy complicado, muy metafórico. Comprendo que tengas tus certezas, pero debes estar dispuesto a cambiar de opinión si te argumentan debidamente. Hay algo que me llama mucho la atención de mis alumnos, y en este caso de ti, mi visitante compungido. Te pregunto: ¿por qué crees que la respuesta viene siempre de la autoridad? –sonrió con astucia y arqueó sus cejas blancas.
Alain se quedó parado y no supo qué responder.
–En cualquier caso, y de buen grado, intentaré proporcionarte una perspectiva y algo de material. Pero antes debes comprender algo. El concepto del vacío es un concepto mutable –dijo, enfatizando la última palabra. –Los conceptos evolucionan, se transforman, les pasa lo mismo que a las especies y los animales, se heredan unos de

otros. El concepto de fuerza no es el mismo en física preclásica, clásica o cuántica. Son conceptos viajeros, van migrando de disciplina en disciplina, de un tiempo a otro, de cultura en cultura, ¡y de estructura! Muchos imaginarios, relaciones, narrativas, formas…

Agustín balanceaba los brazos como un director de orquesta. Aunque el joven lo pensó, no hizo falta detener al filósofo levantando su mano. El hombre soltaba una ráfaga de palabras seguidas pero al momento callaba y permitía su asimilación. Alain quedó muy pensativo.

–Demócrito es quien habla por primera vez de ‘el no ser’ –siguió en una segunda ráfaga de información. –Y toda la crítica filosófica al vacío viene de que es absurdo el no ser, y es absurdo el vacío. Parménides dice “el no ser no es”. Se trata del debate de Aristóteles frente a los atomistas. Para ellos la materia es una cosa, átomos; y el espacio otra, el recipiente. Pero no quiero volverte loco, aquí y ahora, con tantos nombres. Te diré, para abreviarte faena, que tú eres newtoniano, no cartesiano –dijo a modo de diagnóstico triunfal, –o al menos de momento… –su sonrisilla se tornó algo maliciosa.
–¿Qué quiere decir con eso? –contestó Alain con los ojos entornados.
–Quiere decir que tu investigación debe comenzar con Descartes: el gran enemigo del vacío. Hay que examinar la posición del contrario. –Guiñó el ojo operativo. –Y después deberás comparar su postura con la de Isaac Newton: el gran defensor del vacío. –Descartes y Newton… entendido.

Agustín dio un giró rápido a su moderna silla de escritorio y en un santiamén sacó un libro, más bien pequeño, de la estantería de la pared.

–Ahí lo tienes. El tratado de la luz, de René Descartes.
Recorrió las páginas al abrirlas como un abanico y lo cerró, posándolo energéticamente sobre la mesa, justo delante del chico.
–En cierta ocasión –prosiguió –este libro me fue de extrema utilidad… –Soltó una carcajada.

Alain recordó el episodio del libro incrustado en el cráneo del profesor Calixto. Se lo había imaginado un poco más grande, pero aún así sonrió hacia su interior.
–Se lo devolveré en cuanto lo lea. Muchas gracias.
–En él Descartes recupera la idea de Aristóteles. –Le dijo, casi atropellándose. –Y se pregunta de qué materia están hechos los cuerpos. Después determina que a cada materia le corresponde un tipo de movimiento, y que hay dos grandes tipos: el movimiento natural, que depende de cómo está hecha la materia. Hacia arriba, aire y fuego; hacia abajo, agua y tierra; y el movimiento violento, circular, que necesita una causa. Como por ejemplo que una piedra sea lanzada.
–En realidad a mi lo que me interesa es si, en definitiva, existe o no existe el vacío. –Concepto mutable. Mu-ta-ble. –Repitió el hombre con perseverancia. –Investiga los orígenes.
–Está bien, tiene sentido. –Y calló.

El profesor meditó unos segundos más.
–Con la aparición de la química surgen las máquinas de vacío, en el siglo XVII. Eran

bombas para extraer agua y… otra cosa. Pero no se sabía lo que era. Se trataba del aire.
–Claro, según veo en ese momento no se sabe qué se extrae –dijo Alain –, pero tiene efectos, ¿no es eso? –Rrecordó la pintura con el pajarillo atrapado en la esfera de cristal. –Los pájaros se mueren si se hace el vacío.

–¡Has dado en el clavo! Si extrajésemos lo que hubiera dentro de un tubo de cristal cerrado, ocurrirían dos fenómenos: primero que no puede haber vida, como bien has apuntado, y segundo que hay una fuerza que empuja, ¡la del vacío!
–La presión… Eso lo sabía.

–Pero ellos no. –Se rió. Y siguió, esta vez con un tono esotérico y agitando las manos: – existe el vacío, sí… Hace cosas.
–Pero cuando se encuentran con estos efectos, ¿tienen la intuición de algo? ¿De qué puede ser?

–¿Qué se saca? ¿Qué se deja? Este debate lleva muuuchos años. Los científicos que comienzan a trabajar en experimentos de este tipo al contenido lo llaman espíritus.
A Alain se le escapó una risilla, por primera vez en el día.
–El espíritu divino. ¡Ja! ¡el alcohol! Pues se evapora con rapidez… –Sacó otra miniatura de whisky de malta del cajón y vació la mitad de su contenido en su vaso de chupito. – Las bebidas ‘espirituosas’, las llaman en América. –Se lo pimpló de un tirón. –Luego lo llaman fluidos, y más tarde gases. Materia en un cierto estado.

El smartphone de Agustín volvió a reclamar atención. Alain se imaginó al hombre envuelto en unas túnicas blancas, como si fuera una especie de sabio del futuro, con su bebida espirituosa y su retahíla de ideas.

–¿Por dónde iba? –se preguntó desorientado, habiendo perdido el hilo de la conversación. Miró a través de la ventana. –El universo material contiene entonces vacío y otras entidades: las fuerzas –dictaminó, sin dejar de mirar hacia el exterior de la habitación blandiendo su puño cerrado. –Y todo esto va confluyendo hasta que se empieza a introducir el concepto energía.

El filósofo parecía extraviado. Sin embargo sus frases presentaban coherencia y un profundo significado. O al menos lo daba esa impresión. Alain intervino:
–Un momento. Precisamente es el concepto de energía el que, después de hablar con Calixto, no he acabado de entender. E intuyo que es clave.
Agustín lo miró y recuperó la atención en el joven.
–No es sólo que sea clave, chico –dijo con gran seriedad, –es que es la clave de todo este asunto. Es en el siglo XIX cuando nace la noción universal de energía, siendo ésta aquello que permite que unas fuerzas se transformen en otras.
–De acuerdo. La energía. Creo que hasta aquí todo tiene un sentido para mí. Pero quiero saber dónde está esa energía. ¿En el supuesto vacío?

El interrogante quedó suspendido en el aire. Alain empezó a pensar que las cosas cobraban sentido, cuando el sonido de tres golpes secos al otro lado de la puerta le devolvió la confusión. Un joven algo mayor que él, vestido con pantalones y camiseta azul oscuro, tan anodinos como los suyos, irrumpió en el habitáculo.
–¡Ah! –emitió el filósofo con sorpresa. –Te esperaba hace tres horas. Pasa, pasa. –Se levantó. –La he intentado arreglar yo mismo pero no hay manera –dijo señalando con energía la impresora de su escritorio.

–Perdona, Agustín, pero creo que te estás confundiendo. No soy de mantenimiento, vengo a la revisión del examen, estoy en tu clase.
–¿Cómo? ¿En mi clase? –preguntó, de nuevo desorientado. –Ah sí, ¡el examen! En seguida te atiendo, espera fuera unos minutos.

El chico cerró la puerta tras de sí y el hombre se rascó la cabeza mientras volvía a sentarse lentamente.

–No hay forma de librarse, ¿eh? –dijo mirando a Alain. –Qué ganas de empezar las vacaciones. –Consultó el reloj. –Tendremos que dejarlo aquí. El deber llama mi puerta, literalmente –rió.
–¡Espere! Por favor, no puedo irme así. Necesito saber dónde está la energía –dijo Alain visiblemente alterado.

–Hmm… –Contestó, como recuperando el argumento iniciado antes de la interrupción. –La energía se distribuye en algo que es la… tensión que está en el espacio. Y de esta manera surge la noción de los campos. Y con ella el éter. Un fluido sutil e invisible. Una materia muy elástica que se supone que llena todo el espacio, pero que no puede resistir el movimiento de los cuerpos ni tener efectos físicos, ¡es imponderable! No la puedes pesar.

–Supongo que esa fue una manera de explicar que el espacio ‘hace cosas’ –reflexionó en voz alta –, ¿me equivoco?
–Así es, chico, digamos que el éter constituía el soporte de los campos energéticos. Pero más tarde se desmintió y se sustituyó por… el vacío. –El hombre sonrió con amplitud y serenidad. –Fue Albert Einstein, con su teoría de la relatividad, quien explicó los fenómenos cinéticos sin la necesidad de esta sustancia invisible. Pues sostenía que si existiese, su movimiento sería detectable. Pero no lo era. Y de ahí surgió la idea de que no era necesario un medio material para el soporte de los campos. Estaban, simplemente, suspendidos en el vacío.

–Según tengo entendido, con Einstein, la materia y la energía son lo mismo. Pero si son lo mismo, es decir, si tengo esa energía de los campos en un vacío, ¿tengo materia? –No exactamente. No es que sean lo mismo, es que son equivalentes –recuperó la sonrisa con esa última palabra, como quien se marca una victoria tras una disputada partida de ajedrez. –La materia y la energía son sólo manifestaciones de los campos. Y es aquí cuando se produce el cambio de paradigma, cuando cambia la noción de vacío. Pues el vacío ya no es la ausencia de todo; es la carencia de materia, pero no de energía.

–De nuevo al punto de partida –dijo Alain con desdén y desesperación. –Por favor, dime que puedo sacar toda esa energía de, digamos, un recipiente cerrado. Que puedo tener el vacío real, absoluto.
El profesor apoyó sus brazos sobre la mesa y sostuvo su barbilla con ambas manos, acercándose a su interlocutor. Fijó ambos ojos en los del chico y dijo:
–Escucha ahora con atención. Hay quienes piensan que si sacas todo de ese recipiente, el recipiente no existe, ya no hay espacio. Entonces la pregunta es ¿qué sacas? ¿Materia? No pasa nada. ¿Gases? Tampoco, tienes la presión atmosférica. ¿El éter? Tampoco. Pero si sacas la energía… sacas el espacio.

Alain se quedó atónito. Pasmado. Nunca se le habría ocurrido semejante planteamiento. Le pareció brillante, contradictorio, extraordinario, misterioso. Mucho más claro que todo lo demás.

El filósofo retiró las pruebas del delito devolviéndolas a su debido cajón, se levantó y abrió la puerta a su alumno, quien entró observándolos con un leve interés mientras el profesor terminaba su lección.
–He aquí la gran mutación –dictaminó finalmente hacia Alain–; cómo va cambiando la noción de movimiento, y por tanto la de vacío.

El joven tomó el Tratado de la luz y le dio las gracias. Ya en el pasillo, una última frase brotó desde el interior del despacho:
–Y recuerda, la respuesta no viene siempre de la autoridad.

***

La estación de tren de su barrio le devolvió algo de sencillez al angosto trayecto del conocimiento que había iniciado. Estaba tan cansado que apenas se fijó, como otras veces, en las personas que recorrían el andén. Le dolía la cabeza entera, desde la frente hasta la nuca como si se hubiese colocado un casco torturador. Y sentía sed, mucha sed. Se dirigió a la máquina expendedora de agua y, tras comprobar su bolsillo, se sintió aliviado al descubrir que podía permitirse cubrir las expensas para comprar una botella aún sobrándole unos cuantos céntimos. Bebió todo el agua que su cuerpo le permitió. Después se secó la frente con la camiseta, pero ese acto se vio interrumpido cuando uno de los malabaristas, en los que no había reparado, le habló por la espalda.

–Eh, chaval. Sé algo que tú no sabes.
El punki con la cresta venida a menos agitaba un papel arrugado en su mano.
–Claro que debe haber algo que no contenga nada. ¡Esa es la dimensión uno! –y se rió enseñando el hueco de su primer molar.

Alain reconoció el papel que había perdido. Pensó unos segundos en lo que acababa de oír y le gustó. Sonrío ampliamente, casi sin darse cuenta, incluso asintiendo. De pronto, le cayó simpático.

–Y aún hay algo más que sé. –Dijo señalándose la sien con el dedo índice. –Te lo cambio por una cerveza.

De nuevo mostró la ausencia del primer molar. Alain, un poco desconcertado, abrió la palma de su mano y le enseñó los escasos céntimos de euro.
–Guárdate eso, anda.
–Vale. Te invitaré a esa cerveza. Pero no ahora. Me voy directo a la cama.

–Ah, sí. Conozco bien esa sensación, créeme. ¡Mi pan de cada día! Hasta otra, entonces. –Y le guiñó un ojo.

***

Alain se tumbó. Estaba cansado, muy cansado. Comenzó a leer el Tratado de la luz hasta que, una media hora después, oyó un grito que decía:

–¡Monsieur Grat! ¿Dónde os habéis metido?

Unos jardines de un verde contundente se levantaron ante el chico. Miró a su alrededor, al parecer no tenían fin. Comenzó a caminar. Las hojas de los árboles se balanceaban suavemente. Y de nuevo:

–¡Monsieur Grat! ¡Acabáis con mi paciencia!

Un hombre de baja estatura caminaba junto a él, ataviado con un sombrero de piel de castor y una capa. Era delgado y de cabeza grande, con un pelo oscuro que le caía hasta los hombros y una nariz prominente que asomaba desde la profundidad de sus ojos negros.

–Como os iba indicando, joven de extraño atuendo, lo primero es no aceptar nunca una idea que no sea clara y precisa –dijo el personaje, a través de un bigote fino que descendía más allá de la comisura de su boca. –Dividir un problema en tantas partes como sea necesario. –La barba, pequeña y puntiaguda, bailaba al son de las palabras que emitía. –Y acto seguido, ordenar los pensamientos desde lo simple a lo complejo.

Alain sentía una tranquilidad extraña. El aire fresco le sentaba bien y tenía, curiosamente, unas ganas inmensas de caminar. Su acompañante, de porte heroico pero sin apenas llegarle a la altura de los hombros, emitió un silbido perfecto para atraer la atención del tal Monsieur Grat. Muy a lo lejos un perro inquieto daba vueltas al tronco de un árbol grueso, reiteradamente, haciendo caso omiso a su dueño.

–Tratemos, entonces, la cuestión que tanto os preocupa: cómo es posible el movimiento en un mundo lleno. Puesto que no hay vacío, parece que los cuerpos no puedan encontrar espacio libre al que trasladarse, lo que determinaría el reposo necesario de éstos.
–Precisamente ésa fue mi conclusión, a la que llegué justo antes de que el profesor Calixto me recomendara ingresar en un psiquiátrico.
–Encuentro harto ruin que se jactara de semejante forma ese Calixto. Es un pensamiento, aunque erróneo, muy natural y nada desdeñable. Yo, personalmente, estoy habituado a aprender aún de hormigas y gusanos.

«Una reflexión muy noble,» pensó Alain, «aunque me gustaría pensar que no está sugiriendo que yo mismo encarno el papel de hormiga o, peor aún, de gusano». Su acompañante lo miró de refilón bajo el ala de su sombrero, conservando la actitud jovial aunque pareciera haber leído su pensamiento, y sin darle importancia al asunto continuó:
–Vamos, vamos, no pretendía desvirtuaros. El caso es que debemos definir las leyes naturales como las reglas según las cuales se realizan los cambios en las partes de la naturaleza. Toda modificación obedece a un orden causal –dijo con medido énfasis –, y no a la casualidad o el azar.
–La causalidad frente a la casualidad, ¿no es eso? Palabras casi idénticas con

significado totalmente opuesto –se descubrió a sí mismo diciendo una gran verdad. –¡En efecto! Y este orden causal se manifiesta cuando un cuerpo abandona su lugar, pues entra siempre en el de otro cuerpo, y éste en el de otro, y así sucesivamente hasta el último, que ocupa el lugar dejado por el primero. De modo que no existe más vacío entre ellos cuando se mueven que cuando están en reposo.

Alain se dio la vuelta para mirar a Monsieur Grat, que daba vueltas en torno al árbol. Desde luego la explicación tendría sentido si el animal continuase en ese estado hasta el fin de los tiempos. Pero, «¿qué sucede cuando un agente externo corrompe ese armónico equilibrio?».
Una mariposa interrumpió al animal en su quehacer y transformó la escena en una reñida persecución en la que se jugaba la vida. Ambos animales desaparecieron colina abajo, con un movimiento en zigzag.

–Pero entonces todo sería circular, con la mecánica de una noria. Y todo encajaría a la perfección. Y mi experiencia me dice que el caos gobierna en todas partes.
–Eso es una certeza ex suppositione, una simple hipótesis.
–Pero si no hay más que mirar alrededor.

Alain intentó señalar a Monsieur Grat pero no lo encontró. En cambio, una ráfaga de cipselas de diente de león volaron cerca, con movimiento desorientado, como para darle la razón. Estaba claro que el dueño del animal no hablaba de casos como los que Alain intentaba mostrarle, a nivel visible, pero para él podían ser una representación lícita de aquello que sucedía microscópicamente, y que a medida que conquistaba la gran escala se iba desmoronando.

–Indefectiblemente hay gran cantidad de pequeños intersticios entre las partes de las que está compuesto el aire. Pero puesto que estos intervalos no pueden estar vacíos, tal como acabo de apuntar, concluyo de todo esto que hay necesariamente otros cuerpos, uno o varios, mezclados entre este aire, que llenan tan exactamente como es posible los pequeños huecos que éste deja entre sus partes. Ya no resta ahora sino considerar cuáles pueden ser estos otros cuerpos.
–Las partículas virtuales, según Calixto… –masculló el joven para sí mismo. Empezaba a incomodarle la conversación.

Caminaron hasta encontrar un lago de modesto tamaño. Otro hombre apareció sentado sobre una roca, en silencio, trazando en el suelo enrevesadas figuras geométricas. Tan aislado en su propio mundo, no se percató de que Alain y su interlocutor se habían parado a pocos metros. De cerca tenía aspecto descuidado, con el pelo revuelto, los zapatos gastados y las medias caídas, y una vestidura blanca de lienzo fino con mangas muy anchas.

–Ah, fijaos. Ahí está Sir Isaac. No he tenido el privilegio de coincidir con él, aunque es para pensárselo, pues dicen que cuando recibía amigos invitados en el Trinity College entraba en su estudio con el propósito de buscar una botella de vino, pero al ocurrírsele una idea en el trayecto se sentaba en la mesa y olvidaba por completo a sus amigos. Incluso cuando iba a cenar al hall, se abstraía de tal manera

que no se percataba de que ya habían quitado el mantel en el momento en que pretendía llevarse bocado.

Sir Isaac se rascó la cabeza. Se quedó un momento sin mover la rama que utilizaba como pluma y después continuó con sus intrincados dibujos, sin darse cuenta de que era observado –o, si se daba, sin prestar atención.
–Nosotros a lo nuestro –determinó su menudo acompañante–. Examinemos vuestro razonamiento, pues puedo justificarlo a instancias de otro de mis múltiples descubrimientos. Toda parte de materia, en ausencia de influencias externas, permanece en el estado de movimiento o de reposo en el que se encuentra. Un ejemplo burdo y que roza el ridículo sería que Monsieur Grat hubiera dejado de dar vueltas con mi silbido, si, todo hay que decirlo, su sesera no padeciera esa evidente atrofia.

De pronto Newton salió de su ensimismamiento:
–Todo cuerpo permanece en su estado de reposo o de movimiento uniforme y rectilíneo –dijo serio y categórico –, a menos que sobre él se imprima una fuerza que le obligue a cambiar de estado. El movimiento físico de los cuerpos implica una relación entre espacios y tiempos.
–Coincido en que tiende a conservarse la dirección de los movimientos, ciertamente – coincidió el sabio bajito. –Todo movimiento sería rectilíneo de no interferir unos cuerpos con otros. Con lo cual, hasta hace apenas unos instantes, Monsieur Grat permanecía en el mismo estado absurdo hasta que los acontecimientos externos le han obligado a cambiarlo.
–Una fuerza, reitero. Renatus Cartesius, si no me equivoco –se aventuró Sir Isaac.
–El mismo, para serviros. O tal vez para ilustraros –contestó Descartes con cierta presunción y una sonrisilla contenida –. El movimiento es la traslación, meramente geométrica, de puntos y líneas; de cuerpos que en nada –enfatizó mirando hacia Alain, –se diferencian de la geometría.
–Conozco vuestra obra, Cartesius –contestó Newton tajantemente acaparando su atención. –Y la respeto precisamente porque no habéis tenido ocasión de conocer la mía propia, y así reescribirla en base a mis descubrimientos.

Los dos hombres se observaron desafiándose. El cielo se nubló y el ambiente se enrareció.

–Este joven –alegó Descartes refiriéndose al chico, –es mi discípulo.
–Vos lo encontrasteis primero, y no tengo intención de disuadiros en vuestra labor si el caso es que insistís en privarle de la verdad de las leyes del mundo, de la promoción del conocimiento real.
–No es mi discípulo por precedencia temporal sino por sano juicio ¿Qué iba a aprender de vos, si dicen que vuestros alumnos eludían las clases por tratarse de prolongados razonamientos indescifrables y ensimismados?
–Considero oportuno decir –Newton adoptó una conducta turbada, con aparente dificultad para gobernarse a sí mismo tras el implícito insulto de su interlocutor, –que vuestra geometrización radical del mundo físico no está exenta de problemas y errores. Vos no conocéis mi noción de masa, que designa precisamente la resistencia inercial al cambio.

–La identifico, certeramente, con el volumen espacial y con nada más. Y añadiré que no pecáis por malicia sino por demencia.

De pronto el agua del lago se enturbió. Las expresiones de los dos hombres se endurecieron, y las sombras de sus rostros se tornaron aún más oscuras. Ambos parecieron aumentar de volumen frente al paisaje, ahora con un deje taciturno. O tal vez fue Alain quien se contrajo en tamaño.

–¿Acostumbran los hombres a provocar disputas? –Se impacientó Sir Isaac, frente a la previa contradicción. –¿O estoy obligado a satisfacerle? He ahí la absoluta ineficacia de la física cartesiana a la hora de aplicarse al intercambio efectivo de movimiento entre las partes de la materia. –Se levantó de la piedra. –El espacio vacío absoluto es la condición de posibilidad, el marco de referencia exigido por la ley de la inercia, en cuanto que garantiza la ausencia de acciones causales que aparten a un cuerpo de su movimiento uniforme y rectilíneo.
–Ya he escuchado sobre vuestra tiránica voluntad de dominación. Como si la vuestra fuese la voz dictatorial de la ciencia. Decís que habéis leído mis escritos pero es evidente que no los llegáis a comprender.
–Y vos, o bien no estáis escuchando los resultados que obtuve y ahora os expongo o bien no atendéis a razones y los años os han hecho perder el raciocinio. Os repito, o aclaro para que si quiera atisbéis, que la fuerza de la que os hablo es algo independiente del movimiento; es la causa de la variación del movimiento. –¿Independiente decís? Con toda certeza, si no me compadeciera de vos porque estáis enfermo, no podría contener la carcajada. Rechazo toda posibilidad de atribuir fuerzas a la ‘materia cartesiana’.

Tal como había dicho René, ‘indefectiblemente’, Alain menguaba en su propio sueño. La tiranía por ambas partes latente en ese duelo se estaba apoderando del lugar, de los árboles, del paisaje. Sus voces se volvieron más graves. Los dos maestros se observaban mutuamente, sin apartar la vista un segundo de su respectivo contrincante. Mientras Alain se encogía hasta la talla de un conejo. Y Newton prosiguió con su análisis:

–El método más seguro y apropiado de filosofar consiste en, primero, preguntarse constantemente por las propiedades de las cosas y establecer dichas propiedades por medio de experimentos –dijo otorgando todo el peso de su argumento en la última palabra, mientras alzaba la rama que sostenía en la mano agigantada, a modo de dedo índice.
–Prefiero optar, acertadamente, por la claridad y distinción asociadas a las ideas geométricas. Esa ley de la fuerza no es sino la de la conservación del movimiento, un puro efecto de la actividad conservadora. Y seguir respondiéndoos sería casi lo mismo que perseguir a un perro que me ladrara en la calle.
–Pero, ¡cómo osáis atreveros! Decidme, ¡quién se fiaría de un hombre que duerme desnudo y que fumaba marihuana cuando escribió buena parte de su obra!
–A esto contestaré que presto tanta atención a los insultos de personas como vos como a los de un loro. –Se dio media vuelta, con la cara roja de indignación y de nuevo: –¡Monsieur Grat! –Pero esta vez en forma de alarido.

–¡Sois posterior a mi! –Gritó Newton, desatando definitivamente un enfado digno de ser temido como la furia de un dios. –¡Os digo que sois posterior a mi! ¡Ingrato!
–¡Seguid así y un bocado de Monsieur Grat os hará ver el sol! ¡Monsieur Grat!

El perro trotaba hacia la escena, también aumentado en tamaño. A su vez la cabeza de René se estaba inflando como un globo, bien roja y fuera de sí. El animal babeaba agresivo, y justo antes de abalanzarse sobre uno de los dos hombres, sin poderse determinar cuál, se llevó por delante a Alain, ya del tamaño de un ratón de laboratorio. La prisión de sus dientes zanjó el sueño con un gruñido atronador.

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