La sombra del vacío (2/4)

Este es mi primer experimento narrativo, escrito en 2012 con la finalidad de demostrar el potencial de la ficción para comunicar ciencia. La historia trata de un adolescente de último curso de instituto que intenta comprender el concepto del vacío. Para ello conversa con diferentes personajes estrambóticos que lo harán reflexionar abordando la incógnita de forma interdisciplinar; desde los puntos de vista de la física, la filosofía y las matemáticas.

Capítulo II

El café estaba aguado y tenía un trasfondo rancio. Alain pasaba las páginas del periódico pausadamente. Esa mañana se había dormido, y con su manera tranquila de afrontar los contratiempos se dio cuenta, ya en la puerta del instituto, de que llegaba más de media hora tarde a la clase de Física. Se dio la vuelta y fue al primer bar que encontró, terminando con aquel brebaje entre sus manos de sabor desafortunado.

No hacía tanto que Alain había probado un café tan malo, apenas una semana, cuando tuvo aquel estrafalario encuentro con el anciano de las 9.2 por diez elevado a la veintiuna moléculas. También ese día faltó a clase; algo que no le preocupaba demasiado. Podría decirse que asistía por inercia. A sus 17 años, ya no era obligatoria la educación. Y además se sentía ajeno a aquel ambiente. Sin embargo, continuaba yendo.

Lo que no sospechaba ese día era que estaba a punto de descubrir algo que lo cambiaría todo. Justo antes de que terminara su café. Justo cuando sus ojos tropezaron con una noticia en el periódico que capturó su atención: «Me encontré con que el vacío no está vacío» decía el titular en la sección de ciencia. «El catedrático de física teórica Calixto Tenorio, acaba de recibir el premio de la Academia de Ciencias por sus investigaciones en el ámbito de la física cuántica y de altas energías». Y continuaba con un par de detalles más sobre los logros del tal Calixto. Tras ello, una entrevista al catedrático acompañada de una fotografía. En ella aparecía un hombre de cincuenta y tantos años, con todo su pelo, grandes patillas y una expresión de media sonrisa. Pero de media sonrisa ilustre.

Alain repasó cada una de las preguntas y respuestas. La información periodística recorría la carrera académica del físico, pero precisaba muy poco acerca del titular, simplemente que su “momento de mayor perplejidad con esta disciplina, fue cuando me encontré con que el vacío no está vacío. Fue entonces cuando decidí encaminar mi investigación hacia el estudio de los inusuales y contraintuitivos fenómenos que transcurren en el mundo cuántico”. Y esa era toda la chicha. Una anécdota del colegio, cómo y cuándo se inició su interés en la física, su estancia en el Fermilab y poco más.

Una emoción condensada, incluso eléctrica, se generó en el reducido estómago del chico. Lo incomodó un cosquilleo. Apartó la taza de café medio llena, que olía un poco a quemado, y puso las manos sobre la mesa. Miró por la ventana. En seguida lo gobernó una sensación dicotómica que oscilaba entre el gusto y el fastidio.

Alain se dirigió hacia la biblioteca pública del barrio, dado que la de su propio instituto no parecía una buena opción. Nadie aseguraría que aquel chico, que se movía por las calles de forma tan distendida, era presa de una conmoción.

Buscó a Calixto Tenorio desde los ordenadores de la biblioteca. No encontró nada acerca del núcleo de su trabajo, al menos nada que él mismo pudiera identificar como comprensible. Unos artículos repletos de fórmulas que no le decían nada y la información académica de la asignatura de Física Cuántica, que impartía a los alumnos en tercero de carrera. Pero ni rastro de una explicación inteligible, intuitiva. Y eso era lo que Alain precisaba.

«Está claro que se trata de un conocimiento demasiado especializado», pensó el chico. Y la idea de no hallar respuesta a su interrogante lo sumió en una profunda reflexión. «¿De verdad no había una manera sencilla de responder a una cuestión tan simple? Vaciar un maldito recipiente».

Una idea desdibujada tomó forma en su cabeza. La desechó. «¡Es lógica aplastante!», había dicho el viejo. Frunció el ceño. Retomó esa idea de nuevo y se dispuso a trazar un plan. Tenía que enfrentarse a la duda. Le vino una imagen de su clase del instituto e hizo caso omiso. Continuó con su navegación virtual. Sabía dónde buscar la información que necesitaba. Información precisa.

***

En la estación de ferrocarril de la ciudad había una afluencia de gente a la que Alain no estaba acostumbrado. Estaba repleta de personas que llegaban o se marchaban, que se despedían o se reencontraban. Cabezas pensantes de aquí para allá, como la suya propia. Una idea que le provocaba un ligero mareo. Desechó la opción de viajar en ese medio concurrido y tuvo que caminar 20 minutos para tomar el autobús hacia el campus de ciencias.

Los edificios de las distintas facultades se levantaban sobre una amplia extensión de hierba. Era un lugar agradable, espacioso y limpio, alejado del bullicioso centro. Una cantidad asombrosa de gatos paseaban tan campantes por el terreno, algunos con la oreja marcada con una especie de etiqueta que los numeraba; otros con un trozo de pelo pintado de verde o de azul, reclamando alimento a los estudiantes que charlaban en los merenderos bajo la sombra de los árboles. ¿Sería cosa de los estudiantes de biología?

Alain encontró la facultad de Física y después el aula, tan impersonal como cualquier otra, en cualquier otra parte. Se dirigió raudo hacia la última fila de alumnos, que para su sorpresa estaba más cerca de la pizarra de lo que había esperado y se sentó en una esquina. Apenas habrían unas veinte personas en la clase, lo que claramente dificultaría su plan inicial de pasar desapercibido. Tampoco suponía un gran contratiempo. Alain sacó su libreta y un bolígrafo castigado por el uso. Un alumno cercano a él lo miró con curiosidad. Entonces el profesor Calixto Tenorio entró por la puerta.

Parecía mucho más serio en persona. Un poco bajito para ser tan ilustre como prometía la foto. Su cara tenía un extraño matiz, un pigmento blanco, como si la hubiese hundido en harina exceptuando el contorno de sus ojos, cuyos párpados se hundían oscuros, confiriéndole una mirada profunda e intimidante. Las patillas gruesas hacían pensar que tenía un fuerte carácter, lo mismo que su voz grave, que utilizó unos segundos después:

–Buenos días. En la anterior clase determinamos las probabilidades de obtener un valor determinado para cualquier observable –dijo de manera apresurada mientras

borraba la pizarra con eficacia. –Hasta ahora hemos postulado cómo obtener la probabilidad de encontrar una partícula en una posición determinada.

Alain escribió en su libreta: «Probabilidad. ¿Observable? Posición de una partícula».

–Hoy procederemos a trabajar con las amplitudes de probabilidad para cualquier observable, lo que nos permitirá enunciar el sexto postulado de la mecánica cuántica –comenzó a escribir una fórmula y a recitar: –la probabilidad de que al medir un observable ‘O’ sobre una función de onda ‘ø(x,t)’ nos dé el resultado lambda ‘λ’ será el cuadrado del coeficiente asociado a la autofunción de la base ortonormal cuyo autovalor sea lambda ‘λ’ en la representación de la función de onda como combinación lineal de las autofunciones de dicha base.

Alain se quedó paralizado, mientras observaba la pizarra:

Pø(x,t)(λ, t) = |aλ(t)|2 = |(øλ(x), ø(x, t))|2

Dejó de escribir y permaneció en silencio la sucesiva hora y media. Su respiración y el parpadeo eran los dos únicos movimientos que delataban su condición humana. La voz del profesor Tenorio se le incrustaba en el cerebro a través del pabellón auditivo. Pero a medida que transcurría el tiempo, no encontraba en ese amasijo de tecnicismos rastro alguno de palabras que él mismo pudiera relacionar con aquellas ‘vibraciones cuánticas del vacío’ o con las ‘semi-partículas que se hallan en el vacío’. Y empezó a dudar de si había hecho bien con tal incursión, de si había hecho bien priorizando el viaje en tren hasta allí en vez de asistir a las clases del instituto. No vaciló mucho. Se recordó a sí mismo el reciente pacto que había hecho con la duda.

Al finalizar la clase ningún alumno se acercó al profesor Calixto Tenorio, quizá por el temor que debía infligir a la mayoría, a pesar de su estatura. El hombre levantó la mirada mientras recogía sus papeles, escritos a mano con letra curvada y elegante. Un atisbo de sorpresa se delató en sus cejas arqueadas.
–Disculpe –habló Alain. –Me gustaría hacerle un par de preguntas.
–Hoy no es día de tutorías. Tengo un seminario en menos de quince minutos. – Contestó. –A usted no lo conozco, no lo he visto por mis clases, ¿de dónde ha salido? –Estaba trabajando y no podía atender a sus clases –Alain disparó sus palabras, casi sin pensar. –¿Podría verle después del seminario?
–Le repito que hoy no es día de tutorías –dijo visiblemente molesto. –Le atenderé el jueves después de la clase, en mi despacho. En el horario pertinente.

Calixto Tenorio se marchó de la sala a paso ligero. Alain permaneció unos minutos en la misma posición, observando la pizarra, repleta de letras griegas y anotaciones ininteligibles. Se sentó en la silla del profesor, percibiendo el calor remanente. Era mullida, mucho más cómoda que la que había ocupado durante hora y media larga. Muy larga. Miró las filas de asientos hacinados y duros. Su posición, un escalón por encima de los demás, proporcionaba una sensación de superioridad. Pensó en lo extraordinario que sería que automáticamente se le transfirieran los conocimientos adecuados de mecánica cuántica para comprender qué se cocía en todo el opaco asunto del vacío, con tan sólo sentarse frente a aquel escritorio. Pero no fue así.

Se marchó por donde había venido. Esta vez no reparó en las centenares de cabezas pensantes que transitaban por la estación de ferrocarril. Se sentó en un asiento anodino, no distinto de los demás. Tal vez en armonía con su propia persona. Miró a través de la ventana durante todo el trayecto. Le gustaban los trenes. Evocaban comienzos, oportunidades, cambios. Y así, una vez más, únicamente respirando y parpadeando, transcurrió menos de una hora hasta que bajó en la estación más cercana a su barrio, mucho menos concurrida. Una pareja de mochileros pasó de largo. Por un momento los envidió. Se vio a si mismo ataviado con todos aquellos bártulos, de la mano de una chica, camino de algo mejor. Un hombre muy anciano sostenía un puro apagado y corto a la vez que discutía con dos policías locales. A lo lejos, unos jóvenes exhibían juegos malabares mientras otro pasaba la gorra.

Antes de cruzar la puerta de su casa, Alain ya había decidido que asistiría a la tutoría. Ya era hora de trabajarse la duda.

A las 10:25 de la mañana del jueves, Alain estaba sentado en la misma clase que hacía dos días frente a tres garabatos, aislados entre los cuadraditos vacíos de su libreta, que decían: «Probabilidad. ¿Observable? Posición de una partícula». Los tachó mientras esperaba, asegurándose de que no quedara letra susceptible de ser descifrada. Al entrar Calixto Tenorio, depositó el bolígrafo en la mesa y se dispuso a repetir el ritual de la anterior ocasión. No obstante, un cambio significativo se produjo hacia el final de la clase.

–«…» y tal como vimos en los casos estudiados, los operadores debían ser hermíticos para que sus autovalores fueran reales y así pudieran representar a la magnitud clásica. –Calixto guardó silencio mientras escrutaba a los alumnos de su clase desde su posición, realzada por unos cuantos centímetros de escalón. Entonces reparó en Alain y se dirigió a él: –¡Usted! –espetó señalándolo con el dedo índice. – Recuérdenos qué es un operador hermítico.

Se hizo el silencio. Las cabezas pensantes de aquella sala se giraron hacia él. Los ojos de Alain se abrieron un poco más de lo habitual en aquella figura paralizada. «Que no cunda el pánico», pensó mientras comenzaba a sentir el calor escalando por sus mejillas. «Que no cunda el pánico». Los segundos transcurrían y al chico sólo se le ocurrió levantar las cejas visiblemente, como en un ademán secreto y desesperado de ‘usted me lo dirá, que es el profesor’. Nadie contestó en su lugar como solía pasar en sus clases del instituto.

–Pero, ¿cómo es posible? –dijo Calixto con grave indignación. –¡A estas alturas del curso y no sabe lo que es un operador hermítico! –Silencio. Silencio. Silencio. –¿De dónde sale usted?
–Bueno, en realidad yo… no estoy inscrito en el curso.
–¿Cómo dice?
–Que no estoy inscrito en el curso.
–¿Que no está inscrito en el curso? Entonces, ¿en qué curso está usted?
–En ninguno. No pertenezco a la facultad.
–¿Que no pertenece a…? Pero, pero ¡¿qué hace aquí?! –dijo elevando el tono de voz. – ¡Es usted un intruso! ¡Un intruso!

De nuevo se hizo el silencio. Calixto lo miraba con los ojos desorbitados, atónito. Por suerte la puerta quedaba cerca. Alain se levantó y abandonó la sala a toda prisa.
–Jamás había presenciado algo similar, ¡un intruso escribiendo fórmulas sin ton ni son! De lo más absurdo que… –se oía al profesor Tenorio, a lo lejos.

Desde luego había sucedido lo más inesperado. Un contratiempo que traspasaba, con mucho, los límites de la incomodidad. Pero precisamente por todo lo ocurrido, por tan inesperada y perturbadora actuación, Alain seguiría hacia delante con su plan. En su opinión lo peor que podía suceder había ocurrido con creces. Subió por las escaleras del edificio hasta el cuarto piso y buscó tranquilamente la puerta con el letrero que decía: Calixto Tenorio. El despacho 411 aguardaba entreabierto.

Se asomó y vio a un chico algo mayor que él tecleando en un ordenador portátil, sobre una mesa auxiliar al escritorio principal.
–¿Buscas a Calixto? –preguntó amablemente. –No tardará en volver. –Consultó su reloj. –Cuenta unos 10 minutos, está acabando su clase.
–Gracias. Esperaré fuera.

Al cabo de un rato, la figura de patillas imponentes del catedrático se materializó en el pasillo con un café de máquina expendedora en la mano. El hombre parecía indispuesto, con una expresión descolocada que se intensificó cuando reparó en el joven que lo esperaba en la puerta de su despacho.
–Pero, ¿cómo es posible? –volvió a decir, con idéntica entonación a la última vez. – ¡Intruso! ¿Qué hace aquí? ¿Qué demonios quiere?
–Verá, sólo quería hacerle unas preguntas. Leí su entrevista en el periódico.

El hombre lo observaba con incredulidad. Alain decidió ir al grano, pues estaba claro que al profesor Tenorio no le iban los rodeos, y, a decir verdad, a él tampoco.

–Me interesa el asunto del vacío. Su testimonio apenas daba información sobre qué es lo que hay en él, sin embargo daba a entender que es un gran experto en el tema. Y necesito saber qué es lo que contiene ese vacío no-vacío, es una cuestión muy personal, de vital importancia.

Calixto lo escrutó con desconfianza. El chico había sido muy claro, y aunque no le gustaba toda esa situación ni un pelo, le pareció inofensivo. Tras pensar un poco, con su café en la mano pero sin bajar la vista un segundo de los ojos del joven, en una especie de gruñido dijo:
–Pase y siéntese ahí, intruso. No tengo todo el día, tal vez una retahíla de intrusos como usted estén aguardando para asaltarme en mi propio territorio, quién sabe.
–Si quieres me cambio de sala –intervino el becario desde su mesa auxiliar.
–No, no veo problema en que estés. Este asunto no me llevará demasiado.

Los tres quedaron en silencio.

–¿Y bien? –se impacientó el profesor, aposentado en su trono del conocimiento.

–Bueno, quería saber justo lo que le he preguntado: ¿qué hay en el vacío? –Pero bueno, ¿no tiene intención de concretar su pregunta?

–Me gustaría saber si es posible el vacío absoluto, si puedo tener ‘nada’ en un espacio delimitado.
–¿A eso lo llama concretar? –Se rió abrupta y descortésmente. –¿Tiene al menos unas nociones básicas de mecánica cuántica? Dígame a qué tipo de intruso me enfrento. Ilumíneme.

–No conozco nada de mecánica cuántica.
–Pero, ¿cómo voy yo a instruirle sobre semejante asunto, si no cuenta con las nociones mínimas?
–No lo sé. Usted es el profesor… –aventuró Alain.
–¡Exacto! Ha dado en el clavo. Yo soy el profesor. ¡Pero no el suyo! –aseguró de nuevo, apuntándolo con su índice, alzando sus cejas gruesas e inclinándose hacia él.

¿Lo estaba invitando a marcharse? Alain permaneció callado, lo mismo que el joven becario de gafas, que tecleaba en su ordenador como si allí no estuviese sucediendo algo de lo más insólito. El catedrático se quedó pensando de nuevo, mientras miraba hacia algún punto de la mesa imposible de determinar. Su tez era verdaderamente blanca. Alain esperó con tranquilidad.

–Veamos, intruso. Le propongo un trato. Intentaré resolverle brevemente lo que su cabeza esté dispuesta a asimilar a cambio de no verle más en mis clases. ¡Qué digo! A cambio de no verle más en la facultad. Salvo, obviamente, en el caso de que sostenga en la mano los papeles del impreso de matrícula.
–Acepto.
–¿Sabe usted, al menos, que las partículas presentan un carácter ondulatorio? – preguntó sin abandonar su mirada inquisitiva.
–Ahora sí –contestó el chico, aunque lo cierto era que no estaba en absoluto seguro de lo que acababa de oír.

Calixto suspiró y buscó una hoja blanca para situarla sobre la mesa. En ella comenzó a dibujar, con cuidado, unos puntitos a modo de partículas. También dibujó una lámina cuadrada con dos rendijas idénticas, verticales y paralelas. Y a continuación comenzó a trazar la trayectoria de los puntos elegantemente, una cuantas líneas rectas.
–Si situamos una pantalla detrás de la lámina, y disparamos con un revolver a través de las rendijas, aleatoriamente, un número muy elevado de veces, ¿qué dibujó cree que formarán las balas al atravesar las dos rendijas una vez se hayan estampado en la pantalla?
–Imagino que se dibujarán dos líneas de balas, verticales y paralelas, de acuerdo con las balas que la lámina haya dejado pasar por cada una de las rendijas.
–Bien. Si ahora nos trasladamos a un escenario lo suficientemente pequeño, esto es, a escala cuántica, y en vez de balas lanzamos un haz de partículas, digamos electrones, ¿qué dibujo cree que se formará en la pantalla?
–¿El mismo?
–No. ¿Por qué no? Porque usted imagina esa nube de partículas como si fueran bolitas. Y no lo son en absoluto, se comportan como si fuesen dos ondas, que al traspasar las dos rendijas chocan entre sí y hacen el dibujo correspondiente a su interferencia. Como cuando lanzas dos piedras a la superficie de un lago y las ondas que se producen chocan entre sí para formar un dibujo conjunto.

Alain visualizó el experimento. Se preguntó porqué nadie le había hablado de todo aquel asunto. Le parecía crucial saber que las partículas, presentes en todas partes, eran microscópicamente pequeñas ondas. Y no los perdigones con núcleo que siempre había imaginado. ¿Por qué habían reiterado cientos de veces en clase, año tras año, la estructura del átomo, y habían pasado por alto ese extraordinario fenómeno?

–Entonces ¿las partículas son, en realidad, ondas?
–Son ambas cosas, según les convenga.
–Creo que no acabo de entenderlo… Si son ondas, cómo se sostienen, qué sucede con lo que pesa de la partícula.
–Lo que sucede es que la masa de la partícula, en términos sencillos, se ‘reparte’ a lo largo de la onda, pero no como algo fijo, sino como una probabilidad.
–‘La probabilidad de encontrar a una partícula en una posición determinada’ –recitó recordando el inicio de su primera clase.
–Pero ojo: no es que la partícula sea un objeto situado en un punto fijo, y sepamos que, probabilísticamente, tiene que hallarse aquí o allá. El quid de la cuestión es que la partícula misma es esa onda de probabilidad, es decir, que está en todos esos puntos posibles al mismo tiempo. En unos más que en otros –aclaró-, como es natural, si la probabilidad es más elevada. –Levantó la mirada. –No obstante, cuando la buscamos con los métodos disponibles en ciencia, podría decirse que la partícula se convierte en bala otra vez.

«Alto», pensó Alain. «Pero ¿cómo puede saber la partícula que la estamos buscando?» Se dijo a sí mismo. Esto era, en su opinión, completamente descabellado. Mágico. Sentía que se alejaba de algo tan sencillo como el planteamiento de si es posible ejercer el vacío en un espacio físico. En el interior de la esfera de Magdeburgo, por ejemplo. Y antes que adentrarse por derroteros taumatúrgicos, necesitaba una respuesta. Porque si la respuesta era que no, su comprensión del mundo cambiaría radicalmente, y una desconfianza generalizada se apoderaría de él, cuestionando todo cuanto le rodeara.

–Disculpe, pero ¿qué tiene que ver todo esto con la sencilla idea de si el vacío está o no vacío? ¿Acaso mi pregunta no se reduce a lo mismo? ¿Es posible extraer todas esas ‘ondas de materia’ de un espacio para que quede vacío?
–Bien. Primero debía exponerle este fenómeno, que escapa extraordinariamente de nuestra intuición, porque en el vacío sucede algo similar. Las partículas que lo habitan se comportan como ondas probabilísticas.
–¿Partículas? ¿Contiene partículas?
–Pero antes de seguir con el asunto que nos concierne, una cuestión más a tener en cuenta. Pensemos a lo grande. ¿Qué cree que pasaría si el sol desapareciese repentinamente?
–Se rompería el equilibrio del sistema solar.
–Que nos enteraríamos con unos ocho minutos de retraso. –continuó, haciendo caso omiso a la respuesta del chico. –Luego el globo terráqueo saldría despedido hacia las profundidades del espacio, catástrofe en la que prefiero, personalmente, no pensar. Y el caso que nos ocupa es otro; y es que nuestra desesperación no emergería de manera instantánea, nada más desaparecer esa masa de fuego, sino que la luz

proveniente de ese hecho desastroso, tardaría esos ocho minutos en relatarnos lo sucedido. Es decir, que no existe una acción a distancia, como se creía hasta finales del siglo XIX, en la que los acontecimientos se transmitan instantáneamente, sino que hay ‘campos de fuerza’ que pueblan el espacio.

«Campos».
–¿El vacío está siempre lleno de esos campos?
–En un campo clásico, es decir, a escala macroscópica, el vacío no contiene nada. No hay onda alguna ni ningún tipo de fluctuación del campo. Sin embargo, en un campo cuántico, el vacío posee una densidad de energía de la que no podemos vaciarlo. Está continuamente fluctuando, oscilando. –Dijo el catedrático buscando su comprensión, mientras movía las manos representando tales fluctuaciones. –Lo que suponemos espacio vacío es, en realidad, un maremágnum de materia no permanente.

«Materia no permanente».
–¿Materia no permanente dice usted? –repitió Alain.
–¡Un mar de partículas virtuales!
–¿Virtuales? –respondió atónito. –¿Cómo una partícula puede ser virtual? O está o no está –dijo con una pizca de escepticismo, dirigida más hacia el mundo que hacia el profesor.
–El término ‘partícula virtual’ se utiliza en contraposición al de ‘partícula real’, para explicar las infracciones que cometen contra las leyes de la física.
–Lo que quiero decir –prosiguió el joven, procurando recuperar el hilo de la conversación –es que esas partículas tendrán masa. Y por tanto, si tienen masa, pesan, y si pesan, están ahí –aclaró esta vez, algo inquisitivo.
–Con masa o sin masa –contestó el hombre tajantemente con un movimiento seco de brazos. –¿Estará usted de broma si afirma no conocer la relación de Einstein ‘E=mc2’? La masa y la energía, lo mismo da que da lo mismo. ¡Pero ésa no es nuestra discusión! No voy a empezar ahora a instruirle sobre los tipos de partículas posibles. ¿Qué pretende? ¿Tenerme aquí encadenado hasta el día del juicio?

Alain no supo qué decir. Aguardó, respirando y parpadeando. El joven becario dejó de teclear durante unos instantes y los observó a través de sus gafas, intentando disimular. Estaba claro que el teatro no era lo suyo.

–El caso es que, paradójicamente –prosiguió el profesor Tenorio –, el vacío está ‘lleno’ de un campo, el campo de Higgs, cuyas vibraciones son los llamados bosones de Higgs, unas partículas de las que sin duda ha tenido que oír hablar. –Levantó una ceja esperando respuesta.
–Ah, sí, Higgs. ¿Eso es aquello de la partícula de dios…?
–Aaaahh… No siga, por favor. Me está matando usted. Olvide a Higgs. –Respondió afligido. –El caso es que hay un campo que permea el espacio vacío. Y ese campo, que lo llena todo, fricciona de manera distinta con cada tipo de partícula. Y es así como se generan sus masas. Ahí tiene el resumen.

El hombre sonrió por primera vez ante la presencia del chico, mostrando sus dientes grandes y ligeramente irregulares, que a pesar de ello seguían confiriéndole un aire de elegancia, tal vez por su brillo. Añadió:

–Ese campo le proporciona a cada partícula su propio carné de identidad. Sorprendente, ¿verdad? –Continuó complacido.

Tras unos momentos recuperó la seriedad y tal vez reparó en que le estaban robando su valioso tiempo:

–Para concluir, la energía que hay en el vacío nunca puede ser cero. Quédese con eso. Y que esa energía remanente es, precisamente, la de las partículas virtuales; ondas vibrantes y diminutas. –Y se calló, satisfecho, para observar a su interlocutor.

Alain intentaba procesar la información. Era demasiado densa, pero pensándolo un poco se dijo que podía reducirse a algo muy simple, justamente a lo que había venido buscando. Y sin poder contenerse ni detenerse, dijo:
–Me está asegurando, a pesar de todos esos rodeos, que en definitiva el vacío no existe. Pues perdóneme pero eso me resulta completamente inadmisible.

Se sentía, de alguna forma, indignado hacia el mundo natural, como si le hubiera gastado una especie de chiste de mal gusto.
–No le comprendo a usted. Tiene que haber vacío para que haya algo. Para que permita el movimiento. ¡Eso es! –Se le iluminó el rostro. –Sin vacío no habría podido iniciarse el movimiento. Y respecto a esas vibraciones de materia, estoy convencido de que, por ejemplo, tomando volúmenes cada vez más pequeños tendré que poder acceder a alguno en el que no haya nada.
–La Paradoja de Zenón y lo infinitamente pequeño, a estas alturas. –Interrumpió el catedrático con sentida desesperación. –Lo infinitamente pequeño no existe, muchacho, estudie a Planck.
–No voy a discutirle esa cuestión porque no conozco el terreno, pero sí que debe haber un volumen en el que no haya nada. Es más, la nada da sentido a lo que hay – siguió el chico, imparable. –Es de las ideas más primarias que adquiere un ser humano. Todos, todos los días nos valemos de ese concepto. En todo tipo de situaciones.
–Pero bueno, ¿qué es lo que busca, señor Intruso? –dijo el físico con irritación, rozando el enfado. –¿No admite una respuesta que describe tangiblemente el mundo que le rodea? ¿Lo que busca es algo meramente conceptual? Dirija entonces sus esfuerzos hacia el ámbito de la psiquiatría. No será el primero que lo ha hecho, y podrán debatirse unos a otros desde el diván que les habiliten. Además, le digo lo mismo que Descartes a Pascal, ¡que tiene mucho vacío en su cabeza! Aquí se acaba su tiempo. Buenos días.

***

Alain estaba sentado en un banco, en el exterior de la facultad, cuando el becario de la mesa auxiliar se acercó a él, encendiéndose un cigarrillo, e interrumpió sus cavilaciones.
–No es tan terco como parece. A veces cede. Sólo hay que saber tratar con él. –Suerte con ello –contestó con sinceridad.
–Tal vez te interese visitar a Agustín Romanero. Es su mayor amigo-enemigo, o

‘eneamigo’ –y sonrió amablemente. –Aunque parezca mentira es un tema que han tratado muchas veces. Y Agustín se decantaba hacia unas posturas más afines con lo último que has expresado. Según tengo entendido –dijo bajando el tono–, tras una acalorada discusión, hará poco más de un año, rompieron el contacto. Quién sabe si trataban con esta cuestión cuando sucedió el conflicto. –Volvió a sonreír, esta vez con un ápice de picardía. –Las malas lenguas dicen que Romanero le atizó a Tenorio en el cráneo con uno de sus libros de filosofía.

–¿Filosofía?
–Sí. Agustín es filósofo, pero un gran entendido en ciencia.

El joven becario apagó su cigarrillo contra el banco y lo lanzó a la papelera certeramente. A continuación le apuntó a Alain la referencia de cómo encontrar al tal Romanero, solo por si acaso. Éste le dio las gracias y el becario entró de nuevo en la facultad. Aquel lugar despiadado. Donde tirabas una piedra y saltaban tres. O mejor dicho seis. O más.

Alain no estaba convencido de querer aventurarse una vez más con otro académico. Había sido agotador. Frustrante. Y para recibir las respuestas menos convenientes. Aunque, a decir verdad, todo aquél asunto de las partículas ‘virtuales’ que en realidad eran ondas tenía cierto atractivo. Quien no tenía cierto atractivo era el profesor Tenorio. ¿Sería cuestión de elegir con más cuidado?

«Vamos a centrarnos», se dijo. Por ejemplo, esa materia no permanente le resultaba muy inquietante, pero le conducía a una aglomeración de pensamientos confusos que se hacinaban en su cabeza. Trató de identificarlos uno a uno durante un rato, pero desistió al descubrir que se multiplicaban, que no seguían un orden en forma de cadena deductiva. Y encima no tenía criterio de selección. Estaba perdido.

Respiró. Se sintió agobiado. «Hay tiempo», trató de apaciguarse. «Céntrate en lo que has venido a buscar, Alain, porque si te desvías te volverás loco. Ya tendrás tiempo de preocuparte, en tu casa y desde la calma, por esas vibraciones fantasma. Lo primero es lo primero».

Por probar no perdía nada. O sí. Pensándolo mejor si que perdía algo: tiempo. Parecía que en todas las ‘nadas’ siempre había un algo. Tal vez la palabra estuviera, en general, mal utilizada. O peor aún, que su significado realmente no existiera.

Miró el papel que contenía la dirección del despacho de Agustín. Reflexionando, se dio cuenta de que no le disgustaba en absoluto la idea de conocer al tipo que atizó al profesor Tenorio en la cabeza con un libro.

Si le quedaba alguna duda, ésta se disipó repentinamente, al leer las palabras que decoraban la puerta del despacho del filósofo: «¿Qué importancia tienen las tres necedades que nos separan comparadas con las mil chorradas que nos unen?» Bart Simpson.

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