La sombra del vacío (1/4)

Este es mi primer experimento narrativo, escrito en 2012 con la finalidad de demostrar el potencial de la ficción para comunicar ciencia. La historia trata de un adolescente de último curso de instituto que intenta comprender el concepto del vacío. Para ello conversa con diferentes personajes estrambóticos que lo harán reflexionar abordando la incógnita de forma interdisciplinar; desde los puntos de vista de la física, la filosofía y las matemáticas.

Capítulo I

Una caja grande de cartón se materializó al final de la calle. Tras ella, asomaban los mechones desordenados de un viejo de baja estatura, que bamboleaban con cada paso. Alain caminaba tranquilo mientras su pelo, también despeinado pero oscuro, absorbía los rayos de un sol abrasador. Se preguntó si con esas hebras grisáceas uno aguantaría mejor el calor. ¿O tal vez la pérdida de densidad favoreciese el calentamiento del cráneo?

El joven se acercaba hacia el hombre y su desproporcionado objeto, sujetándolo a duras penas con sus cortos brazos y empujándolo con su barriga rechoncha.

A pocos metros hizo una pausa, jadeante, y depositó la caja sellada y de aspecto corriente en el suelo, con el máximo cuidado, justo en la entrada de un portal estrecho y destartalado. Sacó un pañuelo de tela del bolsillo de la chaqueta verde aterciopelada; disparatada para un día como aquél, y se secó el sudor atrapado en los pliegues de su frente a golpecitos, al estilo septuagenario. Después se dispuso a doblar el pañuelo, cuando el sonido de un inesperado y estruendoso estornudo interrumpió el quehacer del hombre, sobresaltándolo.

Apenas ya a un metro del anciano, Alain también se alarmó cuando de la puerta del decrépito edificio salió disparado un punki veinteañero, con su cresta desteñida venida a menos y una camiseta de tirantes blanca, deshilachada y pintarrajeada. A su paso raudo y con un movimiento rápido sustrajo el pañuelo que el viejo estaba doblando y con él se sonó su propia nariz, con energía, mientras se alejaba a buen ritmo y carraspeaba con algún tipo de fluido infame.
–¡Sinvergüenza! –Se quejó el anciano al recuperar, unos segundos después, la orientación tras el contratiempo. –¡Ahora mismo subo a hablar con tu madre! ¡Nos tienes fritos! ¿Me oyes?
A lo que el punki pareció hacer caso omiso mientras empezaba a tararear, probablemente algo similar a lo que emergía de los cascos, de cables despellejados, que llevaba incrustados en las orejas.

Alain se había detenido sin darse cuenta, absorto ante tal despropósito y olvidando por completo que se dirigía hacia sus clases del instituto, a las que, por otra parte, llegaba más de dos horas tarde. Esa mañana, cuando colocaba los libros de texto en la mochila, se le ocurrió que era un buen momento para vaciar los papelitos arrugados que habían ido acumulándose en el fondo de la bolsa. Y de paso leerlos y determinar su importancia.

El viejo, tras recuperar la orientación, reparó en él. En apenas un segundo cambió radicalmente la expresión de su rostro; de la indignación a la inquisición. Y escaneó la figura delgada del chico de arriba abajo, evaluándola. Los hombros se veían fuertes, y los brazos, desde luego, más largos que los suyos. El ultraje padecido unos segundos atrás se borró de su cara y arqueó las cejas, grises y puntiagudas; tan puntiagudas como si dibujasen el sombrero de un triángulo equilátero. Entonces dijo apresuradamente:
–Joven, ¿serías tan amable de ayudarme a subir este paquete? ¡Mi espalda ya no perdona!
Y le sonrió de forma picuda, en armonía con sus cejas, mientras propinaba unos suaves

golpecitos a su pertenencia. Los ojillos brillantes y huidizos lo escrutaron a la espera de una respuesta afirmativa.

***

Las escaleras del interior de la finca eran estrechas y mugrientas. Las paredes pegajosas. El dibujo del suelo no se apreciaba, las telarañas decoraban las esquinas y Alain aguantó la respiración mientras acarreaba la caja hasta el primer piso, donde el anciano daba varias vueltas al cerrojo de su casa, forcejeando un poco. Cuando empujó la pesada puerta un haz de luz tenue se abrió camino e iluminó las partículas de polvo que danzaban por el lugar.

El viejo restregó las suelas de sus zapatos, marrones y desprovistos de color en la punta, sobre una alfombrilla que arrojaba suciedad con el movimiento. Alain pensó que no podría estar más saturada de polvo, y que lo que conseguía el buen hombre era justo el efecto contrario al que convendría, convertirle en un generador de huellas sobre su propio suelo. La idea le provocó algo de angustia, pues aunque generalmente se mostraba tranquilo ante las situaciones más inconvenientes, la suciedad era algo que según él no tenía razón de ser en la vida moderna.

Siguiendo indicaciones, el chico dejó el paquete sobre una mesa de madera carcomida. Al levantar la vista notó que el mueble estaba custodiado por estanterías repletas de libros. Libros que reposaban como si le mirasen a uno, con apariencia inquieta. Tan mal colocados y apretados que daba la sensación de que fueran a amotinarse contra su dueño. Desde luego no había espacio para un televisor, aunque la sala sí que disponía de un par de sillones orejeros con aspecto rancio y de un color que no se adivinaba, en parte porque las ventanas estaban cerradas a cal y canto y la luz que se filtraba era insuficiente.

El anciano se quitó la pesada chaqueta y la colgó cuidadosamente en el perchero, se ajustó la camisa amarillenta, que llevaba cerrada hasta el último botón, y los tirantes verde oscuro. Su frente volvía a relucir, y fue en ese momento cuando Alain se percató, observando los pantalones aterciopelados del viejo en un día de verano, de lo mucho que él mismo estaba sudando. Le preguntó por el lavabo.

Mientras se aseguraba de incrustar bien la pastilla de jabón, diminuta y cutre, en cada recoveco del dibujo de sus manos, Alain se imaginó la misma suciedad pero adherida a sus pulmones, como un huésped molesto e inesperado. Desconfió de la toalla que lo invitaba a secarse con malicia, y decidió sacudir las manos en una serie de movimientos secos contra la atmósfera.

Cuando terminó reparó en la espantosa decoración de aquel baño. Alfombrilla color magenta, cortinas de la ducha color magenta con motivos florales, recipiente del jabón color magenta. E incluso una funda para el váter al compás de las cortinas. De pronto sintió una gran urgencia por salir de esa casa. Por respirar.

El joven se apresuró por el pasillo. Pero una voz anciana masculló algo a lo lejos. Pensó que lo correcto sería detenerse e intercambiar cuatro palabras. Pero no quería. Y ya llevaba tiempo preguntándose qué pasaría si, sencillamente, hiciera lo que de verdad le venía en gana. ¿Tan grave sería? Se trataría de cosas pequeñas, que no perjudicaran a la gente, pero que podían importunarla por no ajustarse al protocolo.

A menudo se le ocurrían ideas absurdas, como levantarse en medio de clase y saltar de pupitre en pupitre sacudiendo los brazos como un loco; o silbar repentinamente una cancioncilla en un entierro mientras hacía volar por los aires los sombreros de las señoras. Quizá esos extraños arrebatos, que nunca llevaba a cabo, fueran causa de otra cosa. Le daba un poco de miedo que un día, de repente, los desatase todos. Así que se le ocurrió que si simplemente daba rienda suelta a las pequeñas peticiones que le hacía su cuerpo, las más grandes y absurdas se diluirían. Entonces decidió que se marcharía sin más.

Sin embargo, a escasos metros de la salida, lo vio. Un cuadro inmenso dominaba el recibidor, reflejando una escena de lo más singular. Tuvo que detenerse.

Era una pintura neoclásica. En ella se reunían, a media luz, casi una decena de personas, rodeando una mesa con un extraño dispositivo en su centro. En cada expresión facial se perfilaba una reacción bien distinta que iba desde la reflexión hasta la desconfianza, pero con un denominador común: la curiosidad. Aunque también se reflejaba el espanto de una niña y su madre, la última cubriéndose los ojos.

Todos parecían expectantes, esperando un resultado asombroso. En el centro del cuadro, un hombre de aspecto lúgubre y con un pelucón propio del siglo XVII, daba una lección sobre el experimento mientras alzaba una mano. En el centro de la mesa había un recipiente esférico de cristal, y en el interior de éste un pájaro blanco, con su ala derecha extendida. Con la otra mano, el científico se disponía a girar una llave. Alain se preguntó qué pasaría entonces, qué cambiaría en aquel animalito indefenso. Una jaula abierta y vacía se retrataba en segundo plano de la pintura, en una esquina. ¿Volvería el pajarillo a su limitado hogar? Todo apuntaba a que no. La escena principal contenía otro objeto, difícil de determinar, con una manivela adosada y conectado a la esfera transparente.

El anciano se acercó a Alain, también para observar la obra. Según le aclaró el hombre, como él había supuesto los integrantes del cuadro estaban atentos al destino del pequeño animal, que aleteaba mientras el científico sustraía el aire del recipiente de cristal con una bomba de vacío. Para eso servía la manivela: para extraer el aire. Una escena conmovedora, desde luego. Pero lo más llamativo para él era la actitud del grupo. Y lo aún más llamativo fue la invitación del viejo a tomar café, alegando que su preciosa caja contenía algo que iba a interesar al muchacho, directamente relacionado con el contenido del cuadro. Tuvo que aceptar.

Antes de dedicar su atención al paquete, le preguntó al anciano si tenía inconveniente en que abriera la ventana, alegando calor y tratando de reducir su angustia a una mueca torcida en su cara. Tras aplicar un poco de fuerza, el chico la abrió de un golpe y se asomó. Suspiró con cierto alivio durante unos segundos. Fue entonces cuando se produjo el impacto. Un proyectil arrugado, blando y húmedo se

estampó contra su pulcro rostro. Dio un salto hacia el interior de la vivienda, acompañado de un grito corto. Miró rápidamente hacia el suelo, secándose con la camiseta los restos de humedad, para evaluar aquel objeto volador no identificado. Se trataba de un pañuelo, sí, pero no de uno cualquiera, sino de aquel que había sido sustraído un cuarto de hora antes y que ahora estaba de vuelta a dónde pertenecía, pero acompañado de ciertos alicientes viscosos. Al reparar en ello, Alain adoptó una expresión de espanto, mirando con ojos desorbitados la pequeña amenaza bacteriológica mientras se repasaba la cara con la camiseta una y otra vez.
–Pero, ¿qué…? –comenzó a preguntarse el viejo, todavía confuso, acercándose al proyectil para examinarlo.
–¡No! ¡No! –repetía Alain, con un movimiento espasmódico.

Entonces el viejo comprendió lo sucedido y se echó a reír. Caminó hasta uno de sus orejeros para dejarse caer, negando con la cabeza y conservando la sonrisa. El chico corrió, de nuevo hacia el lavabo, medio chocándose contra las paredes. Mientras, se oyó una carcajada limpia y grotesca que se hizo con los pasillos del edificio. «Malnacido», pensaron el viejo y el chico al unísono. En algún punto cercano del portal, un punki de veintitantos años agitaba su cresta al ritmo de las risotadas, mostrando el hueco de lo que antaño fue un primer molar.

A su vuelta, Alain, enfurecido y dispuesto a largarse inmediatamente, se encontró con que la caja de cartón estaba abierta, y al viejo, con aquellos ojillos brillantes y avispados, examinando su interior, de donde parecía emerger una luz suave que iluminaba su rostro. De ella extrajo lo que parecían dos medias esferas de cobre y las situó sobre la mesa. Una de ellas difería un poco, pues disponía de una válvula que, según parecía, podría abrirse y cerrarse a voluntad. Como una llave. Como la llave del cuadro. Y en el polo de cada hemisferio había una argolla para poder sujetar cada una de las estructuras metálicas.

–¿De dónde ha sacado ese… artefacto? ¿Para qué sirve? –preguntó el chico.
El hombre levantó una de sus cejas puntiagudas y lo miró, tal vez reprochando la interrupción de un momento que llevaba tiempo esperando.
–De dónde lo haya sacado no tiene importancia, chico. Podría decirse que me lo envía una amiga desde muy lejos –resumió. Levantó la cabeza y guiñó un ojo en lo que pareció una especie de tic nervioso. A continuación siguió inspeccionando el instrumento en silencio, colocando las dos bóvedas metálicas huecas de forma que se ajustaran una con otra, formando una esfera. –Esto, muchacho ¡es un dispositivo para hacerte pensar! –espetó con energía.

Un pitido agudo invadió la escena y se tornó progresivamente molesto. El viejo se fue a la cocina y volvió sosteniendo una bandeja con café hirviendo y unas tazas decoradas con flores.
–¿No te resulta familiar? –sonrió, mostrando de nuevo sus agudos ángulos faciales y dejando temblar la bandeja entre sus manos.

Alain entornó los ojos. Tal vez se tratara de un objeto con idéntica función al que reposaba en el cuadro de la entrada, pero fabricado con otro material, metálico, no de cristal. Asintió lentamente, mirándolo.
–Venga, no hay tiempo que perder –dejó la bandeja, derramando un poco de café

pero sin prestarle atención. –Sujeta este hemisferio –continuó el hombre tendiéndoselo, y quedándose el otro para sí, el de la llave, preparado para encajarlos.

El chico obedeció y en un movimiento el anciano juntó las dos partes de un mismo objeto, formando una esfera de cobre.
–Estira, chico. –Le ordenó.
Y se despegaron sin dificultad, sin ningún misterio; quedándose cada uno con su respectiva mitad, como era de esperar.

–Júntalos de nuevo –prosiguió, ahora dejando entrever cierta severidad.

Alain obedeció y el hombre se dispuso a girar la pequeña válvula con ahínco y determinación. Cuando quedó satisfecho continuó dando instrucciones con tono dictatorial:
–Tuerce tu pie derecho y colócalo contra el mío. Así, de forma que queden fijos. Tercera Ley de Newton, chico, ¡acción-reacción! –estalló casi en un grito –. Procura mantener el equilibrio. ¡Inmóvil! ¡Firme! Y ahora estira… ¡estira fuerte!.

Y el hombre estiró también, con una fuerza sobrehumana para su avanzada edad, obligando a Alain a hacer lo mismo pero en sentido opuesto. Acción-reacción.

Sus caras se enrojecieron por igual. Transcurridos largos segundos, el chico se dio cuenta de algo. La punta del pañuelo-proyectil sobresalía del bolsillo de la camisa del hombre. «¡Ah!», un susto. Un salto. Alain soltó la argolla y el viejo salió disparado, cayendo unos pasos hacia atrás sobre su sillón orejero, llevándose consigo el instrumento entero. A su vez, el joven también salió disparado, pero en su caso sin un amortiguador mullido tras de sí, impactando violentamente contra la estantería y deteniendo la caída de unos cuantos libros con la parte superior de su cabeza, e inmediatamente después con sus manos.

El viejo rió y rió desde el orejero, moviendo el torso adelante y atrás con los ojos casi cerrados.

–¡¿Qué te creías?! ¿Qué podías superar la fuerza de ocho caballos juntos? –dijo entre aquella diversión exacerbada.
–¿Ocho caballos? Pero ¡¿de qué habla usted?! ¿Ha perdido el juicio? –contestó con nerviosismo, devolviendo los libros, uno por uno, a su sitio, con la cara aún enrojecida. –O, más aún, –prosiguió ignorando la intervención de su interlocutor –¿creías que podías desafiar el poder del vacío? –Dejó de reír, pero conservando la mueca picuda que utilizaba por sonrisa.

«¿El poder del vacío?» pensó Alain, en parte fastidiado por el matiz de misterio que el hombre le dio a la frase. Especialmente a la última palabra.

Cuando lo vio servir dos tazas de café, el joven se dejó caer en el otro orejero, rendido a la atención del comentario y produciendo una nube de polvo circundante. A decir verdad su propia ropa, anodina, quedaba bien con aquellos muebles. Y su pelo, descuidado, entonaba bien con aquellas estanterías repletas de libros desiguales. Si bien era cierto que, a su parecer, el ambiente acarreaba el polvo de tiempos inmemoriales, también lo era que debía contener suculentos interrogantes.

Guardaron silencio los dos hasta que, por el rabillo del ojo, Alain volvió a mirar hacia la abominación que sobresalía del bolsillo de la camisa del anciano. Sin poder

contenerse preguntó:
–¿No piensa usted tirar eso?

Un último espasmo de repulsión recorrió su columna. El viejo lo remetió con el pulgar en la profundidad del bolsillo, formando un bulto en su pectoral. A continuación se sirvió tres generosas cucharadas de azúcar en el café y dio un sorbo ruidoso, apenas sin removerlo.
–Experimenta nova, ut vocatur Magdeburgica, de vacuo spatio –recitó levantando el dedo índice en el aire, para acompañar la oración.

Otro sorbo ruidoso.

–¡1654! –Gritó de repente. Su taza se balanceó. –En la ciudad de Magdeburgo, Otto Von Guericke hizo una espectacular demostración: ajustó perfectamente dos hemisferios de cobre de 50 centímetros de diámetro, de manera que formasen una esfera, y provocó el vacío en su interior. Dos conjuntos de ocho caballos, estirando en direcciones opuestas, fueron incapaces de producir su separación.

El viejo parecía satisfecho. Alain visualizó los 16 caballos, tirando furiosos del objeto, del tamaño de una cabeza humana, con una fuerza extraordinaria. «El poder del vacío» se repitió.

–¿Por qué ha dicho el poder del vacío? Más que poder debe ser una especie de capacidad. O, mejor dicho, una propiedad. –Se descubrió hablando en voz alta. –¡Efectivamente! Alejémonos de misticismos. –Contestó el hombre sacudiendo la mano. –Empiezas a caerme bien, muchacho. A pesar de tus comportamientos maníacos. –Sorbió de nuevo. –Lo consideras un atributo del vacío, entonces.

Alain asintió pausadamente, sin estar completamente seguro de la afirmación.

–¿Y porqué no considerar el caso contrario? –preguntó el anciano recuperando la sonrisilla.

–¿Qué quiere decir?
–¿Acaso no es equivalente considerar el fenómeno que subyace al experimento como una propiedad… del aire? –Se detuvo. –O, siendo más específicos, ¿de la presión atmosférica? Imagina cómo la masa de aire del exterior empuja la esfera desde todas direcciones –apuntó con su dedo índice hacia varios puntos de la superficie del objeto.– A su vez, en el interior de la esfera, la masa gemela de aire empuja las paredes del objeto hacia fuera, también en todas direcciones. –Estamos ante el mismo caso que al principio, joven amigo, pero con otra forma.

El viejo, entusiasmado, esperaba su intervención sin parpadear.
–¿La acción-reacción de Newton? –Se aventuró.
–¡Efectivamente! ¡El equilibrio! Pero, ¿qué sucede cuando se rompe el equilibrio?

Por un momento al viejo le crecieron las orejas en punta y, en la imaginación de Alain, la piel cobró un tono verde, adoptando la forma del Maestro Jedi Yoda. Sí, tenía un parecido razonable ahora que lo pensaba. Apartó ese disfraz mental con rapidez para poder concentrarse.

–Supongo que hay una fuerza que presiona la esfera desde dentro hacia las paredes… como si quisiera hacerla estallar. Eso, una presión.
–“Vivimos sumergidos en el fondo de un mar de aire elemental –recitaba –que por indudable experiencia se sabe que pesa”. Esto lo escribió Evangelista Torricelli – sentenció satisfecho.

«¿Evangelista? ¿Se llamaba así aquel tipo?», se preguntó el joven. Sin duda era una frase muy sugerente, pero la preocupación de Alain residía en la idea original; cuál era el papel del vacío en todo aquel proceso.

«En el vacío hay espacio, eso seguro. Podemos construir en él, tranquilamente, una figura geométrica». Por lo menos partía de una certeza. «Se hace imperativo que haya un espacio para que sea posible… no contener nada. ¿Imperativo? Ya parezco este coleccionador de pañuelos usados». Alain dibujó en su mente una esfera de Magdeburgo. Sin darse cuenta, la trasladó a un escenario del siglo XV, donde dieciséis caballos aguardaban inquietos las órdenes de sus dueños. Un hombre de bigote peculiar, con casaca negra y un manto rozagante comenzó a dar vueltas a la llave que succionaba el aire del interior del artefacto. «Ésta es la parte que me preocupa» se dijo. El anciano lo estaba mirando.

–¿Hasta qué punto puede ejercerse el vacío en la esfera? –preguntó señalando el objeto de cobre. La escena del acontecimiento histórico se diluyó.
–Lo suficiente para que el humo se precipite en lugar de subir. Para que el agua hierva a temperatura ambiente. –Miró hacia el pájaro atrapado en la pintura. –Lo suficiente para acabar con la vida de cualquier criatura de esta tierra.
–Creo que no me he expresado bien –contestó el joven –. Lo que quiero decir es ¿hasta qué punto puedo vaciar el contenido de la esfera?

El viejo dejó la taza en la mesa y se incorporó con cierta dificultad. Acto seguido buscó entre las estanterías de libros hasta escoger uno. Abrió la tapa dura, color carmesí, recorrió algunas páginas y leyó en voz alta:
–Un metro cúbico de aire, a temperatura ambiente y presión atmosférica normal, contiene aproximadamente 2×1025 moléculas en movimiento. –Levantó la mirada –. Si extrapolamos este dato al caso de nuestra esfera de Magdeburgo podemos obtener el número.

Se sentó en el sofá y garabateó sobre una libreta de papel amarillento.

–Sabiendo que su diámetro es de 25 cm, y que el volumen de una esfera es… – se detuvo y miró a Alain.

–¿Qué?
–Venga, chico, espabila. ¡El volumen de una esfera!
–Pues… emm… –balbuceó –en realidad lo que yo le preguntaba…
–¡Tres cuartos de pi por el radio de la esfera al cubo! –Interrumpió categóricamente .– Lo que se traduce en que el radio son 12.5 cm, y por tanto el volumen… –calló unos segundos mientras operaba mentalmente.
–Pero señor, lo que me gustaría saber es si…
–Ssshhh. ¡Silencio! Estoy calculando.

Y tras un breve intervalo de tiempo sentenció:

–0.0092×1025 moléculas, es decir… 9.2×1021 moléculas. Eso es, podríamos extraerlas todas, sí señor. Claro que éste es un dato aproximado, habría que comprobar todos los parámetros pertinentes para el cálculo real, como la altitud, que sea una esfera perfecta… entre otros factores. –Y quedó pensativo.
–Disculpe, ¿puedo intervenir ya? Lo que intento aclarar con usted es que si succiono las 9.2 moléculas…
–¿9.2? ¿Qué demonios es eso? –se escandalizó el hombre. –¡9.2 por diez elevado a la veintiuna moléculas! No es una sutil diferencia –dijo con severidad.
–Está bien, lo que usted diga.
–No lo digo yo, ¡lo dice la ciencia! –replicó indignado.
–De acuerdo, de acuerdo… No se altere –siguió Alain con cautela –. Lo que quiero decir es que si succionáramos todas esas moléculas, todas sin dejar una, entonces podríamos decir que es posible sacar absolutamente todo lo que está dentro, ¿me equivoco? –Preguntó para cerciorarse.

Sin embargo, antes de que el anciano contestase, y sin poder entender el porqué, descubrió una inquietud latente en su interior. El hombre mayor resopló una generosa cantidad de partículas; tal vez 9.2 por diez elevado a la veintiuna.

–¡Vamos, vamos! –Dijo manteniendo el dedo índice firme, insistente, señalando hacia la estantería, esa vez sin rastro alguno de temblor.

Alain se levantó de manera automática y aguardó frente a la amplia colección de celulosa.

–Ése de ahí. ¡Ése! –Se empeñó agitando el dedo, siendo imposible determinar hacia qué libro exacto apuntaba.
El chico recorrió un par de filas con su mano, hasta que por fin lo encontró.
–¡Alto! Ahí lo tienes, justo ahí.

Diccionario de términos de física, titulaba su portada, algo más nueva de lo que cabía esperar. Y siguiendo más indicaciones buscó la definición de masa; mientras pensaba para sí mismo «mezcla de harina con agua y levadura, para hacer pan, galletas, pizza…».

–Masa. Del latín ‘massa’ –pronunció cual serpiente, sintiéndose un poco ridículo –. Magnitud física que expresa la cantidad de materia que contiene un cuerpo. Su unidad en el sistema interna…
–¡Detente! Ahí lo tienes de nuevo, chico. La cantidad de materia que contiene un cuerpo. En nuestro caso el cuerpo es el volumen de aire que se halla en la esfera, ¿me sigues?
»Ese aire, que se compone de partículas, es lo que quieres extraer a toda costa y con gran exactitud, ¿no es cierto? Pues bien, la masa –casi gritó en un pico sonoro –es el término clave de todo este asunto. Para ejercer el vacío necesitamos eliminar la masa, lo que implica que la masa es… ¡su antítesis! –Y siguió de carrerilla. –Si eliminamos toda la cantidad de materia que contiene su interior, me refiero a tooodas las moléculas de su cárcel esférica, obtendremos que dentro no queda nada. Nada de nada. Que no hay masa.

Y calló durante un buen rato, manteniendo los brazos en ademán explicativo, como si se hubiese congelado. Finalmente, de forma casi inaudible, masculló apartando un segundo la mirada:
–Aunque no en términos absolutos.

«Aunque no en términos absolutos… ¿Aunque no en términos absolutos?» –¿Aunque no en términos absolutos? Explíquese. ¿La esfera estaría totalmente vacía o no lo estaría? Mi pregunta es directa y simple –dijo con un rastro de impertinencia, mirándolo fijamente.

El anciano espetó un sonido de desaprobación y contestó molesto:
–La ciencia no es siempre directa y simple. Personalmente prefiero considerar que la esfera está vacía, pues si extraemos todo ese aire, que es el que se compone de partículas, vacía está. ¡Es lógica aplastante! En mi opinión hay que trabajar con certezas. Yo no entiendo nada de vibraciones cuánticas –dictaminó, con un gesto de desaprobación, balanceando su mano como si expulsase una idea incómoda. –¿Vibraciones? Disculpe pero, si he entendido bien, dice usted que hay vibraciones en el interior de los hemisferios. Pero en ese caso debería haber algo que fuese lo que soportase tal vibración, ¿no es cierto? Una partícula, qué sé yo, algo que se agitase. Porque estamos de acuerdo en que el espacio geométrico, sin nada dentro, no vibra por sí mismo. Tiene que haber algo. Definitivamente.
–Hmmm… Algo hay, eso he oído… Pero no me fío un pelo de aquello que dicen que sucede en el mundo más allá de lo microscópico, no señor. Ahora están con esas historias de que si no está vacío, patatín, patatán. Yo de eso no sé nada –comentó indeciso, con cierto desagrado en la palabra. –Y, según afirman, las partículas no están enteras, sólo partes de ellas, y otros fenómenos que, sean verdad o no, son dignos de haber sido postulados por majaderos.
–Disculpe, ¿Ha dicho partes de ellas? ¿Se refiere a trozos de partículas?
–Sí… algo así como un porcentaje. Es de locos. Y luego que si esas partículas están y no están al mismo tiempo. ¡Completamente absurdo! Y éste –dijo con resignación, lanzando dos golpecitos contra su cráneo –ya no está para esos trotes.

Ambos permanecieron callados. Alain sintió que sus preguntas, cada vez más afinadas, no tendrían respuestas afinadas por igual, al menos en aquel lugar. Y un tenue desasosiego lo recorrió. El viejo permanecía fijo como una estatua, como si se hubiera integrado en la sala, como un objeto más camuflado entre los muebles desgastados. Pasaron un rato en ese estado. Hasta que el joven, algo desorientado, se levantó para marcharse.

–No obstante –habló el anciano, sobresaltándolo –, sería un crimen que desperdiciases esa semilla que acabamos de sembrar hoy aquí, ¿no crees? –y sonrió, de nuevo. –Tal vez seas el próximo que invente una esfera de Magdeburgo microscópica. O cuántica. En el siglo XXI.
–Pensaré en ello. Gracias.

Alain se sintió extrañamente excitado. ***

Al cerrar la puerta del edificio, también destartalada, el joven se quedó quieto. «Vibraciones cuánticas», pensó. Y antes de ponerse en marcha arrancó un trozo de papel de una libreta y apuntó unas cuantas ideas. El típico trozo de papel que solía acabar en el fondo de su mochila. Esa vez lo dobló y se lo guardó en el bolsillo.

Caminó lentamente, mirando la acera bajo sus pies, mientras se alejaba del epicentro que había provocado toda aquella agitación mental.

–Y también está la cuestión de la masa –habló en voz alta, sin darse cuenta. – “Magnitud física que expresa la cantidad de materia que contiene un cuerpo”. Sí, claro, pero si la masa es una medida de la cantidad de materia, ¿qué es la materia? Todo lo que tiene masa –dijo molesto –. Pues menuda circularidad. No tiene sentido definir una cosa en instancias de otra si esa otra se define en instancias de la una. La masa. La masa…

Al doblar la esquina, ensimismado, una figura humana chocó contra él, sin saberse bien si el uno había atropellado al otro o viceversa.
–¿Estamos locos o qué, chaval? –espetó el punki con voz áspera. –La masa, la masa, ¿qué es lo que te pasa? –Se quedó unos segundos pensando en su propia pregunta. En seguida siguió: –La masa, la masa, te aplasta cuando pasa. –Se rió fuertemente de su cancioncilla improvisada y sin sentido, una carcajada que ya le era familiar. –Con su grasa y su carcasa que está hecha de… ¡argamasa! –Continuó con un bailecito de brazos. –Una pasa no te engrasa, y si te abrasa o te traspasa es que… Chaval, ¡estás de guasa! Y volvió a reír, mostrando el vacío de su primer molar.

Un señor de mediana edad se detuvo a mirar la escena. Pero el punki lo eludió al poner la mano a modo de cuenco recolector de monedas:
–¿Quiere aportar una contribución por el espectáculo, señor? Soy artista incomprendido.

Y sonrió de oreja a oreja, probablemente con sinceridad. El hombre huyó.

–Y tú, chaval, ¿tienes un pitillo?
–Llevas uno en la oreja. –Observó Alain. –Bueno, mejor dicho, llevas un trozo de cigarrillo en la oreja.

El punki se palpó, dio con el tabaco y lo encendió, tras varios intentos, con un mechero escaso de gas. Para entonces Alain ya se había alejado. En la acera, un trozo de papel bien doblado se columpiaba al son de la brisa matutina.

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